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De acuerdo a la leyenda, en esta noche, al ocultarse el astro brillante, surgen las sombras de Mintzita, hija del rey Tizintzicha, y de Itzihuapa, hijo de Taré y príncipe heredero de Janitzio.
Locamente enamorados, Mintzita y Itzihuapa no pudieron desposarse por la inesperada llegada de los conquistadores. Preso ya el rey padre de Mintzita, por Nuño de Guzmán, quiso la princesa rescatarlo ofreciéndole un tesoro que se encontraba bajo las aguas, entre las islas de Janitzio y La Pacanda.
Y cuando el esforzado Itzihuapa se aprestaba a extraerlo, se vio atrapado por veinte sombras de los remeros que lo escondieron bajo las aguas y que fueron sumergidos con él.
Itzihuapa quedó convertido en el vigésimo primer guardián de la riqueza.
Empero, en la noche del Día de Muertos, al lúgubre tañer de los bronces de Janitzio, despiertan todos los guardianes del tesoro y suben la empinada cuesta de la isla.
Los dos príncipes, Mintzita e Itzihuapa, se dirigen al panteón para recibir la ofrenda de los vivos a las luces plateadas de la luna.
Ahí, ambos espectros se musitan al oído palabras cariñosas y, ante las llamas inciertas de los cirios, se confunden y ocultan de las miradas indiscretas de los vivos.
En tanto, las estrellas fulguran intensamente, las campanas repican y, abajo, las aguas del lago gimen como un alma en pena. |