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¿Qué soledad es más solitaria
que la desconfianza?
George Eliot
Se necesitan asumir costos, compromisos y consecuencias, hace falta preferir la estructura que la coyuntura. Se desconocen los mensajes porque se distorsionan las voces, el discurso parece arrepentirse, deja seducirse entre la retórica del bienestar común y la protección del interés electoral. Sobran actitudes valentonas para agredir, discutir y criticar, pero faltan valores para debatir, elegir y solucionar.
Se justifica la inoperancia con la falta de consenso, las maniobras políticas para no asumir riesgos lucen más que las estrategias para conformar un presupuesto justo y eficiente. Se disfrazan las preferencias, se exhibe la insuficiencia en las definiciones. Existe una crisis de entendimiento porque se engrandece la crisis de ideas.
En el camino de la transición mexicana se empieza a perder la relación de causalidad entre acciones y sus consecuencias, todo parece ser producto de la casualidad, de coincidencia en la reacción pero no en la planeación. La lógica va en contrasentido, más dinero pero menos trasparencia, menos informalidad pero más impuestos.
Las mayorías legislativas exhiben su esencia de dominación, la negociación para el acuerdo carece de mediación e interlocución. Sólo se hace lo que se puede, lo que se debe por obligación se olvida. Todos hablan de lo deseable pero pocos de lo realizable, se prefiere satisfacer la circunstancia con lo suficiente y no con lo permanente, constante y determinante. El desarrollo de México debe pasar por la transformación de la cultura política, aquella que se compromete con sus aspiraciones, valores y fines, que comprenda la necesidad de aciertos individuales para mejorar la acción democrática colectiva. Que no apueste al desgobierno, al entierro de principios, al destierro del reconocimiento institucional con el objetivo de convertirlo en botín electoral.
Nos hace daño refrendar el discurso justificativo por encima del discurso explicativo y argumentativo, nos hace daño reducir los valores a los intereses particulares, alejarnos de la verdadera necesidad, convertirnos en aliados de la discrecionalidad.
Elaborar, y discutir un presupuesto no sólo tiene que ver con elegir y esperar, sino con decidir e incidir sin evadir responsabilidades, sin trivialidades de forma, que solamente perjudican el fondo. Necesitamos, hoy, que los recursos sean utilizados honestamente, de manera productiva en políticas que requieren de mayor estabilidad para obtener resultados eficientes, sin que el gasto capital se convierta en gasto corriente, y la aplicación real sea sólo una sombra de su asignación original.
Las recaudaciones fiscales no necesariamente se traducen en mejor empleo, inversión y ahorro. El presupuesto se confronta entre impuestos y recaudaciones, mientras tanto perdemos la oportunidad de ocuparnos en la elaboración de métodos para la observancia, evaluación y rendición de cuentas.
Hoy nos corresponde demostrar que sobre el costo político-electoral está el bienestar social, que importa más la generación de ideas que las rupturas y degradación de iniciativas. Diseñar leyes, construir reformas y asignar presupuestos va más allá de cálculos propagandísticos para evaluar simpatías. El Estado carente es el que tiene gobernantes y autoridades aturdidas por el ruido coyuntural, y el espasmo circunstancial que no permiten diferenciar entre consistencia, eficiencia y resistencia.
Los poderes Ejecutivo y Legislativo discrepan, las fuerzas partidistas se reprochan entre sí, y mientras tanto la única consecuencia es la falta de un nuevo proyecto económico que mejore la calidad de vida de los mexicanos. Mantener un Estado carente de razones instrumentales es apostarle a la disfuncionalidad, porque cuando la política no funciona los conflictos se agrandan, se complican, se suplantan con otros más urgentes pero igual de importantes que desplazan a los anteriores sin resolverlos distorsionando sus orígenes y efectos.
Refrendar lo que por valor y principio es la política es un deber del cual no podemos eximirnos por actitudes improvisadas, reactivas que vulneran la conversación, el diálogo, el entendimiento. Olvidarnos de representar, expresar y transmitir la política sana, congruente y eficiente terminará por convertirnos en una clase política desorientada, solitaria, que perdida en sus causas prefiere simular principios para evitar los costos de la desconfianza, misma que mantiene a la verdadera política en una terrible orfandad…
Partido Nueva Alianza
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