
|
|
|
|
|
—Para Miranda, recién llegadita, y su madre.
Las lecciones son muchas y vale la pena revisarlas, no porque representan un fenómeno único sino justo porque son un fenómeno global. Me refiero, claro, a la dramática caída en la popularidad de Barak Obama —del 80 al 50 por ciento— al cumplir un año en el poder.
La primera, que ya habíamos abordado aquí antes, es obvia: las expectativas matan. Todos los que fuimos estudiantes avispados sabemos bien que entre menos expectativas construyes con tus padres y maestros, menos decepciones causarás. Lo mismo para los gobernantes. Empezar con una altísima expectativa es garantía de que habrá muchos que se sentirán frustrados o decepcionados contigo.
La segunda lección es que las campañas negativas sí funcionan. No importa cuál sea el estado de ánimo social, lo importante es que seas persistente. Cuando Obama llegó al poder, las múltiples radiodifusoras y televisoras alineadas con los Republicanos —y, por tanto, con el conservadurismo más funesto gringo— empezaron a golpetear al presidente por absolutamente todo, todos los días. Al principio parecía una bala al aire: tras un triunfo arrollador y con una reputación impecable, los demócratas se relajaron. No creyeron que tuviera sentido insultar todo el día al hombre del momento. Pero la reacción gringa, que no es ingenua, insistió. Día tras día señalaron errores, inventaron mentiras —como aquella de que Barak no es ciudadano— y criticaron todo movimiento del presidente. Y poco a poco fueron mermando la reputación impecable del primer presidente negro en la historia de Estados Unidos. Cada día alimentaron su bola de nieve de intolerancia y radicalidad y cada día lograron convencer a alguien.
La guerra decisiva fue la reforma al sistema de salud americano. Como muchos han descrito ya antes, los gringos tienen un sistema totalmente privatizado, altamente redituable, al cual lo último que le importa es la gente. Es un sistema caduco, que tiene a millones de ciudadanos en la indefensión y que es superado incluso por varias naciones latinoamericanas (no México, por supuesto).
Pero su propuesta, altamente vendible —crear un sistema de salud que proteja a los desprotegidos y que mejore la atención para todos— fue convertida por la gritería conservadora en “socialismo”. En la bestia negra. Y en una flagrante protección de los intereses privados más oscuros, defendiendo sólo a los más ricos, lograron convencer a grandes sectores de que esta reforma era malvada. Así, muchos congresistas demócratas, cuya lealtad está más entregada a sus inversionistas que a sus ideas o a su país, dejaron al presidente debilitado y obligado a renunciar a muchas de sus promesas.
Lo mismo con Guantánamo. Apenas hace unas semanas el Congreso aprobó los dineros necesarios para trasladar a los presos e iniciar el cierre de la grotesca e ilegal cárcel de Bush, pero esa ineficacia ha hecho parecer a Obama como débil y poco comprometido. Es así como esta semana, tras las elecciones en Virginia y Nueva Jersey, los republicanos han vencido y tratan ahora de convencer a todo el país de que fue un referéndum sobre el gobierno y que lo derrotaron. Hasta recibir el Nobel de la Paz lo perjudicó.
La tercera lección es que la entereza paga. Bien haría Obama en mirar al gobierno de Michelle Bachelet en Chile. La primera presidenta de ese país llegó a tener 34 por ciento de aprobación hace sólo dos años, pero hoy está acercándose al 80. ¿Cómo lo hizo? Manteniendo la entereza. Cuando se equivocó, lo admitió y lo corrigió. Cuando no, insistió e insistió. Y las múltiples veces que la derecha bloqueó sus leyes, impidió sus reformas o detuvo el avance de su proyecto, llamó a las cosas por su nombre. Bachelet es hoy muy respetada e incluso el candidato del pinochetismo finge que la admira y que seguirá su labor social.
Obama y su gente deben resistir con calma los embates de aquella ultraderecha demencial que se había convencido a sí misma que gobernaría por mil años. Porque digan lo que digan, el presidente americano recibió una administración cayéndose a pedazos: una economía desgarrada, un déficit histórico, un desgaste social enorme y dos guerras en curso.
No todo se resolverá, pero las cosas irán mejorando. Sacar la economía adelante, combatir la pobreza y la desigualdad, mejorar las condiciones de vida y mantener la integridad a la larga le darán al presidente el reconocimiento público que merece. Ceder con demasiada facilidad a la presión de los poderes fácticos y de los medios rabiosos sólo les dará la razón.
La popularidad perdida puede encontrarse. La clave es la integridad.
apascoe@cronica.com.mx |