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El funeral de mi madre

Guillermo Fadanelli | Estilo
Sábado 23 de Abril, 2005 | Hora de creación: 00:00| Ultima modificación: 03:08

Está amaneciendo, pero la neblina que cubre el camposanto aún no levanta el vuelo. Nadie ha venido al funeral. Los hijos estamos solos a su alrededor como en los últimos meses. Ninguno de nosotros se tomó el trabajo de avisar a sus familiares, como si temiéramos su desaprobación o su enojo. Un cura contratado por la funeraria, Jardines del Recuerdo, ha entrado a la capilla y se ha sorprendido de encontrar a tan pocas personas. Debió pensar que el muerto era una mala persona. Mis hermanos prefirieron mantener a sus hijos en casa, como si de ese modo pudieran salvarlos de estar vivos. Yo no tengo hijos, pese a que mi madre insistió tanto los últimos años para que le diera nietos. Si los tuviera estarían todos conmigo en este momento en que el sol comienza a asomarse por las colinas del este, justo donde en una hora veremos descender el ataúd para siempre. El cura no se ha tomado más de cinco minutos para balbucear unas oraciones, pero cuando se va todos descansamos. Mi hermana acomoda unas flores, mientras que mi hermano da unos sorbos a un vaso que contiene café. Hace apenas veinte meses estábamos en este mismo lugar asistiendo al velorio de mi padre, pero aún así no entendemos bien de qué van estos asuntos. ¿Debimos invitar a nuestros amigos? ¿Debimos dedicar un par de horas para llamar a los familiares? Sea lo que fuere mi madre siempre estuvo en pie de guerra y se dio tiempo para reñir con todo el mundo. Nadie a su alrededor estaba a salvo de su sarcasmo ni de sus sospechas. Le habría causado orgullo saber que a su entierro sólo asistirían sus hijos y que sus esfuerzos por desembarazarse del resto de la gente habían tenido su recompensa. Cuando entro de nuevo a la capilla mis hermanos me dicen con su mirada que están listos y sólo esperan una orden mía para que unos empleados trasladen el ataúd a la cripta donde también yacen mi padre y mi abuela. De pronto me he convertido en autoridad porque de todos los que sobrevivimos soy el que más años tiene. A mis cuarenta y cuatro soy el más viejo de la familia. Le pido a mi hermana que tome ella todas las decisiones porque no puedo soportar estar un minuto más en la capilla. Camino rumbo a la colina que once meses atrás recorrí con los mismos pasos incrédulos. La mañana se ha descarado y las tumbas aprovechan la luz para hacerse tan reales como la muerte. Hacía tanto tiempo que no estaba despierto a estas horas de la mañana, como si durante los veinte años recientes hubiera estado intentando olvidar esas primeras horas del día. Un sepulturero pasa junto a mí empujando una carretilla colmada de tierra encima de la cual descansa un zapapicos. Al verlo me pregunto cómo se puede vivir sin angustias a las siete de la mañana. ¿Cómo no morirse de miedo cada vez que despunta el alba? Las heladas se han marchado casi a comienzos de marzo dejando un extraño malestar en los huesos. Ahora, en abril, se puede pasear a la intemperie apenas con un suéter encima. Las visitas comenzarán a asomarse por el cementerio en un par de horas, pero mientras tanto el verde del césped es más intenso, como si con sus pasos los vivos despertaran su luminosidad. A esta hora mi madre acostumbraba tomarse el primer café negro de la mañana (tan negro como un pantano), costumbre que no cambió pese a que después de cumplir los sesenta años comenzó a levantarse media hora más tarde. Mi hermana heredó ese hábito de manera natural como el que se adueña de los gestos de otro sólo con estarlo observando. Cuando hace apenas unos cuantos meses las miraba sentadas a la mesa tomando su café sin pronunciar palabra, me imaginaba que eran casi la misma persona. Yo, en cambio, jamás me aficioné a beber café en las mañanas. Si lo hubiera hecho quizás me habría curado de ese desgano que desde mis primeras clases en secundaria me acompañó apenas abría los ojos. Y lo mismo en la Universidad. Y lo mismo hoy que no voy a ninguna escuela. Si hubiera heho mía la costumbre de beber un café matinal quizás no me habría convertido en un hombre amargado que blasfema apenas abre los ojos.

 
 
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