Opinión


Beirut

Beirut | La Crónica de Hoy

Es la película libanesa de 2018 “El Insulto”, dirigida por Ziad Doueiri, un repaso notable por la cadena incesante de odios étnicos y religiosos que es el Líbano en la actualidad. Cuna de la gran civilización fenicia, Líbano es también el territorio donde persisten en el presente las ecuaciones sociales y políticas más complejas de Medio Oriente, un territorio donde las heridas del pasado reciente siguen abiertas: supuran rencor y clamor de justicia por los cuatro costados.

Todos víctimas, todos victimarios, cristianos, sunitas, chiitas, refugiados palestinos, refugiados sirios, y un largo etcétera de identidades nacionales, étnicas y religiosas, convierten al país en un enorme tablero de ajedrez, donde las piezas se mueven al ritmo de los conflictos históricos de sus vecinos geográficos: Israel, Siria, Palestina, Jordania, Irán –patrocinadores del extremismo transfronterizo de Hezbollah–, todos ponen sobre la mesa del drama libanés sus cartas y sus apuestas.

Líbano es y sigue siendo la gran cancha donde se práctica de manera cotidiana el juego terrible de los nacionalismos extremos que heredamos del siglo XX. Pocos países como Líbano han resentido en el último medio siglo la intervención extrajera, la agresión militar, el terrorismo, la guerra civil, las consecuencias sociales de los desplazamientos masivos y las crisis de los refugiados.

Beirut, su capital, ha sido destruida y vuelta edificar en las últimas décadas. Cuando la “Suiza de Oriente Próximo” resurgió de sus ruinas, tras la devastadora y prolongada guerra civil de 1975-1990, en 2006 enfrentó de nuevo la destrucción masiva, a consecuencia del intercambio bélico entre Israel y las fuerzas irregulares de Hezbollah.

14 años después de este último incidente militar mayor, y a pesar de que las escaramuzas y ataques entre Israel y Hezbollah son parte del paisaje cotidiano, Beirut se levanta nuevamente en nuestros días como un centro financiero internacional, una ciudad cosmopolita y tolerante, un oasis vulnerable de convivencia intercultural e interreligiosa. Una vez más, Beirut es presa de la destrucción y la masacre, las imágenes de la explosión de esta semana se suman a la memoria de nuestro aciago y temible 2020.

Al igual que la pandemia que enfrentamos, la explosión apocalíptica de Beirut no podemos verla como un mero accidente, tiene causas más profundas y dolorosas. También esto se pudo evitar.

La película de Ziad Doueiri, que fue seleccionada y premiada en el Festival de Cine de Venecia y nominada a mejor película extranjera en la última edición de los premios Oscar, es una metáfora en clave vecinal y doméstica de lo que ahora presenciamos.

Tony, de 46 años, taxista, dueño de un taller mecánico modesto, militante del ala radical del partido gobernante cristiano –de tintes xenófobos–, vecino de uno de los barrios pobres de Beirut, casado y con una esposa embarazada de su primer hijo, se encara con el jefe de la cuadrilla de un grupo de trabajadores refugiados palestinos que hacen reparaciones en el barrio.

Cuando Tony destruye con un martillo la pequeña obra de mantenimiento que los trabajadores habían realizado, sin su consentimiento, en el balcón de su minúsculo apartamento, Yasser –el jefe de los trabajadores palestinos– lo insulta desde la calle. Le llama “desgraciado, infeliz”, no mucho más que esto en la semántica universal del insulto. Un incidente en apariencia trivial que tendrá enormes consecuencias en el país.

Cuando Yasser, el palestino que lo insultó, azuzado por su jefe, se ve obligado a ofrecerle una disculpa, Tony lo recibe con un discurso de odio anti palestino proferido por un dirigente cristiano y puesto a todo volumen en el televisor de su taller. Antes de que Yasser se pueda disculpar, Tony le revira el insulto de la peor manera: “ojalá que Israel ya hubiera exterminado a todos los palestinos”. Yasser entonces reacciona indignado y de un puñetazo le rompe dos costillas.

La disputa llega a los tribunales, y el juicio se convierte en un fenómeno nacional que provoca disturbios y enfrentamientos en el país. Todos sacan raja de la disputa: los abogados expertos en amarrar navajas para llevar agua a su molino, los medios que se festinan con la historia –la prensa aumenta sus tirajes y la televisión incrementa sus audiencias–, las compañías de seguridad privada que le ofrecen protección a Tony, y los políticos locales que encuentran en la disputa de dos simples ciudadanos la manera de mejorar sus preferencias electorales.

Ambos protagonistas se convierten de manera casi involuntaria en símbolos de las causas profundas que se advierten detrás de un incidente en apariencia menor: los cristianos libaneses hartos de ver a su país invadido y vapuleado, y los palestinos refugiados que sufren de pobreza extrema y discriminación.

Conforme se desarrolla la trama descubrimos que ambos, Tony y Yasser, tienen razones de peso para alimentar el odio y el rencor que les ánima. Ambos fueron en el pasado víctimas de la barbarie: en su infancia Tony presenció la masacre de cristianos en el pueblo de Damour, a manos de grupos de izquierda pro palestinos; y Yasser estuvo presente en el septiembre negro de 1970, cuando se lanzó una ofensiva brutal contra los refugiados palestinos en Jordania.

“El insulto” es otra manera de contar lo que en 1989 el director estadounidense Spike Lee narró en su soberbia cinta “Do the Right Thing”: los odios étnicos y la intolerancia de doble vía, que en el caso de la película de Lee ocurren en Nueva York y enfrentan a italianos con afroamericanos.  

“El insulto” es también parte de una misma historia universal y demencial: lo vemos ahora en Estados Unidos, tras los disturbios que causó el asesinato de George Floyd a manos de la brutalidad policiaca; lo vemos –por suerte a menor escala– en las manifestaciones siniestras de los grupos anti AMLO que se escudan en FRENA, y en el radicalismo de los comités de defensa de la 4T.

Regresemos a Beirut: la explosión colosal de miles de toneladas de nitrato de amonio fue todo menos un incidente.  Esa cantidad de explosivos, al parecer decomisados seis años atrás a Hesbollah, tuvieron siempre la intención de provocar un daño mayor en territorio de Israel. El arsenal tenía grabado el sello de la muerte y del odio tribal. Estalló.

No sabemos aún si explotó a resultas de la negligencia de las autoridades libanesas o acaso fue provocado. En cualquier caso, la escena del hongo atómico que vimos ateridos esta semana, y que coincide fatalmente con el 75 aniversario de Hiroshima, nos recuerda lo frágil, lo aterrador, que se sigue presentando el siglo XXI para la humanidad.

Pinche 2020, pinche virus, pinche todo. En el confinamiento prolongado, con 50 mil muertos a cuestas en México, podemos al menos ver “El Insulto” por Netflix y documentar nuestro pesimismo.

 

edbermejo@yahoo.com.mx
Twitter: @edgardobermejo

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