Opinión


Ciencia y poder

Ciencia y poder | La Crónica de Hoy

Uno de los rasgos distintivos del neopopulismo es su aversión contra la cultura y la ciencia. México no es la excepción: la semana pasada, el miércoles 27 de mayo, el presidente Andrés Manuel López Obrador se lanzó contra quienes le solicitaron reconsiderar los recortes presupuestales en algunas áreas de la ciencia y la tecnología. Integrantes de instituciones como Conacyt, el CIDE y el Cinvestav, en efecto, pidieron frenar la reducción del 75 por ciento al gasto de operación, ordenado por la Secretaría de Hacienda. En la conferencia mañanera de ese miércoles, el Mandatario fue cuestionado sobre el impacto que tendrá la reducción de recursos a los ramos de compra de suministros, así como servicios generales. Eso derivará, seguramente, en falta de insumos y despido de personal.

La respuesta de AMLO fue que las críticas a los ajustes al gasto público buscan mantener las prácticas abusivas que se dieron en el pasado. Entonces se le preguntó: “¿Este recorte del 75 por ciento no afecta?” A lo que ipso facto contestó: “No, no, no, porque se ve cada caso. Siempre que se toma una medida dicen: los niños, los investigadores, se va a dejar sin comida a los presos, siempre es así, para mantener los abusos, el influyentismo, el nepotismo, todas las lacras de la política.”

“¡Ah! Porque son investigadores están exentos de cometer actos de corrupción, bueno, en Conacyt está demostradísimo, se robaban las medicinas”

Luego de hacer estas imputaciones, López Obrador echó mano de una analogía histórica que se sacó de la manga equivocada: “Cada vez que pueden, ahí vienen ¿quiénes apoyaron al Porfiriato? Pues los científicos, así se les conocía. No todos los que se dedican a la ciencia, a la cultura, a la investigación y a la academia son gente consciente. Los científicos apoyaron siempre a Porfirio Díaz y al conservadurismo.”

En referencia a estas declaraciones, dice bien, Raúl Trejo Delarbre: “El Presidente y algunos de los suyos exhiben un inquietante desconocimiento, en demasiados asuntos y con sobrado desparpajo…Eso es lo malo de hablar tanto tiempo, todos los días y de tantas cosas.” (“Aversión al conocimiento”, La Crónica, 01/06/2020).

Hay que informarle al Presidente que una cosa (los científicos porfiristas) nada tiene que ver con la otra (los científicos que solicitaron la reconsideración de los recortes presupuestales). Aquellos formaron una élite que presumía ser muy docta en el conocimiento de la obra de Augusto Comte, para quien la humanidad había pasado por tres etapas: la teológica, la metafísica y la positiva. En la primera dominaron los sacerdotes; en la segunda prevalecieron los filósofos; en la tercera (que estaba en curso) dominarían los científicos. Estos últimos tomarían el poder como lo había propuesto el maestro de Comte, Saint-Simon (ideólogo de la tecnocracia). En el Curso de filosofía positiva, que abarca seis volúmenes publicados entre 1830 y 1842, Comte explicó detalladamente la filosofía positiva. Allí sostuvo que el progreso humano se debió a hombres de ciencia como Galileo, Leibniz, Newton, Bacon y Descartes.

El Positivismo mexicano partía de la idea de que había un país hundido en la anarquía y el atraso. En consecuencia, era preciso erigir un centro rector que impusiera la paz, y promoviera el desarrollo. De allí el lema porfiriano: “Orden y progreso.” El grupo de los positivistas o científicos fue una élite encabezada por José Yves Limantour. Contó con miembros destacados como Justo Sierra, Gabino Barreda (alumno de Augusto Comte), Rosendo (Delarbre) Pineda, Emilio Pimentel, José López Portillo y Rojas, Ramón Corral, Emilio Rabasa, y Francisco Bulnes.

No obstante, esa élite positivista no fue la única: en el Porfiriato hubo varias élites. Entre ellas, los militares (comandados por Bernardo Reyes), los terratenientes y los empresarios extranjeros.

Hasta donde mi conocimiento alcanza, los firmantes de la carta enviada al presidente Andrés Manuel López Obrador no forman un grupo compacto, mucho menos constituyen una élite neoporfirista que enarbole al positivismo como ideología política. Tampoco son conservadores. Simple y sencillamente, son ciudadanos que ejercen el derecho de petición consagrado en el artículo 8° de nuestra Constitución.

Lo que se deduce del comportamiento agresivo e intolerante de López Obrador contra los hombres y mujeres que se dedican a la ciencia y la tecnología en nuestro país es, de una parte, que le tienen sin cuidado los derechos establecidos en nuestra Carta Magna. De otra parte, que él más bien cree en lo sobrenatural, en lo trascendente, en la protección divina. De eso dio muestra fehaciente cuando en la mañanera del 18 de marzo sacó una estampita en la que estaba impresa la jaculatoria “Detente enemigo, que el corazón de Jesús está conmigo.”

Esa postura confesional va en consonancia con la posición que han adoptado muchos líderes neopopulistas como Viktor Orbán, quien, el 26 de julio de 2014, en Baile Tusnad (Rumania) declaró que el régimen que él encabeza en Hungría es una democracia no-liberal. También Vladimir Putin de Rusia ha reestablecidos los lazos con la Iglesia ortodoxa griega para poner por delante la fe sobre la ciencia.

Una manera bastante efectiva de mantener y reforzar el control sobre las conciencias.

 

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