Opinión


Contra la intolerancia

Contra la intolerancia | La Crónica de Hoy

Esta semana me sumé con mi firma, algo por demás fuera de lo común, al pronunciamiento de un grupo de más de 600 escritores, periodistas, académicos y científicos mexicanos –entre  quienes nos encontramos tres colaboradores asiduos de este diario– en relación al ambiente de intolerancia anti intelectual y de encono contra toda acción opositora, y contra cualquier postura crítica hacia el gobierno, que padecemos en estos días.

No creo en modo alguno que la libertad de expresión esté amenazada. Ni ahora, ni desde que el ejercicio periodístico e intelectual se libró de los manotazos más arteros del autoritarismo en los años previos a la transición democrática del país, el ejercicio crítico y las voces disidentes han tenido que apagarse o han carecido de foro. La diversidad de voces, la pluralidad de opiniones y posturas, circulan a sus anchas en un ecosistema complejo de medios –prensa, revistas, radio, televisión, redes sociales, universidades– que no hay manera de desmontar, silenciar, o  condenar a la hoguera. No tenemos frente a nosotros la centralidad aplastante de un régimen mediático como el chino o el cubano, donde a la disidencia se le encarcela  y el ejercicio de la prensa libre e independiente simplemente no existe.   

Creo en cambio que lo que no habíamos visto,  por lo menos desde el segundo lustro de la década de los sesentas, es esa sistemática, reincidente y obsesiva manera con la que desde el poder, y desde los simpatizantes del gobierno en turno, se desdeña, de descalifica o se sataniza a sus críticos. 

La admonición de la crítica, la  machacada cantaleta de su ilegitimidad ética, intelectual o, peor  aún,  histórica –“son ustedes, los críticos y los opositores, herederos, continuadores y beneficiarios de la corrupción nacional”, “son ustedes no la oposición democrática sino los traidores apátridas, los hijos de Miramón, los conservadores nostálgicos que añoran sus privilegios de clase” – haya su reverso en la manera como se presentan los nuevos  purificadores de la vida pública, cobijados en una suerte de superioridad, –otra vez– ética, crítica, intelectual, histórica, pero acaso con otros dos agregados aún más perturbadores: ideológica y electoral.

Como si la transición democrática, la alternancia en el poder y el arribo de un nuevo grupo al gobierno significase la fundación de un nuevo orden ideológico indiscutible y canónico; como si la obtención de la mayoría de los votos en las elecciones se debiera ejecutar  como la aniquilación del adversario y la negación de la convivencia democrática entre mayorías y minorías, entre el poder y sus contrapesos. No una Democracia, sino una Revolución.

En el esquema político de las revoluciones hay contrarrevolucionarios, disidentes y traidores.  En las democracias hay opositores, críticos y ciudadanos libres de todas las tendencias. ¿Somos una democracia o lo que ocurrió el primero de julio de 2018 fue un nuevo asalto al Palacio de Inverno? ¿Hay acaso lugar para la divergencia opositora  o necesariamente el ejercicio de la  crítica está empeñado por el lodo de los interés más oscuros –Díaz Ordaz, Dix. It. –.

Es el ambiente de encono terreno fértil para las disonancias intolerantes como negación de la democracia. Frente a la polarización afloran, peligrosos y desmesurados, los radicalismos a diestra y siniestra. En esta columna he documentado la atrofia de nuestra vida pública que representan esos dos movimientos de pura cepa anti política: FRENA y los Comités de Defensa de la 4T

A las revistas Nexos y Letras Libres se les adjudica, no sin razón y documentación, el haber accedido por años a los privilegios de la publicidad pagada con recursos públicos otorgados de manera discrecional, desequilibrada y poco transparente, pero la respuesta a esta deformación no es un nuevo esquema que erradique de una vez por todas ese peligroso ayuntamiento entre el poder  y los medios. En todo caso se redireccionan los beneficios, se eligen a los nuevos favoritos, y se mantiene, en el fondo, el pacto secular entre el poder y sus  nuevos socios mediáticos. 

Aquí el pronunciamiento de marras:

 “La libertad de expresión está bajo asedio en México. Con ello, está amenazada la democracia. El presidente López Obrador utiliza un discurso permanente de estigmatización y difamación contra los que él llama sus adversarios. Al hacerlo, agravia a la sociedad, degrada el lenguaje público y rebaja la tribuna presidencial de la que debería emanar un discurso tolerante. El presidente profiere juicios y propala falsedades que siembran odio y división en la sociedad mexicana”.

“Sus palabras son órdenes: tras ellas han llegado la censura, las sanciones administrativas y los amagos judiciales a los medios y publicaciones independientes que han criticado a su gobierno. Y la advertencia de que la opción para los críticos es callarse o dejar el país”.

“El presidente ha despreciado la lucha de las mujeres y el feminismo, ha despreciado también el dolor de las víctimas por la violencia, ha ignorado los reclamos ambientalistas, ha lesionado presupuestalmente a los organismos autónomos, ha tratado de humillar al poder judicial, ha golpeado a las instituciones culturales, científicas y académicas, y ahora pretende socavar la libertad de expresión”.

“Recordemos, por último, que no se estigmatiza a personas físicas o morales desde el poder presidencial sin ponerlas en riesgo. No se alimenta el rencor desde esa tribuna, sin que el odio llegue al río alguna vez”.

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