Escenario


Corte y Queda: Tenet no es la película que “revolucionará al cine por los próximos 10 años” 

Reseña. La polémica y esperada película de Christopher Nolan apenas si figura como una cinta #Palomera

Corte y Queda: Tenet no es la película que “revolucionará al cine por los próximos 10 años”  | La Crónica de Hoy

Foto: Cortesía

Christopher Nolan es una figura polarizante. Si bien, títulos de su filmografía como Memento (2000), la trilogía de Batman (2005, 2008 y 2012) y El origen (2008) son ampliamente conocidos entre los aficionados al cine, estos no son cercanos a lo que se llamaría “cine independiente” ni “cine de culto”. De hecho, su entrada al género de superhéroes lo estableció como uno de los nombres más reconocibles entre los encargados de producciones inmensas, lo que se llama —según los gringos— “blockbuster auteur” (autor de blockbusters), una combinación de ambas clasificaciones de director. 

Aunque el término no me convenza del todo, coincido en que es parte del “encanto” de Nolan. La estructura de sus largometrajes suele estar cargada de escenas que requieren valores de producción enormes y sirven como espeso aderezo de tramas aparentemente muy enrolladas que dan la sensación de estar viendo algo más “profundo” o “complicado”, aún si las resoluciones terminan siendo simples. Decidir si se trata de efectismo o verdadera virtud queda a criterio del espectador, aunque no sea secreto que el realizador británico sea uno de los principales admiradores de su propio trabajo. 

En la misma línea está Tenet, la película que “revolucionaría el cine por los próximos 10 años” —según palabras de su director— y encomendada indirectamente, por deseo y necedad de su productora, a ser salvavidas de las salas ante el embate de la pandemia. El palíndromo en el título es un adelanto de lo que viene. 

Un agente de la CIA a quien sólo se le llega a identificar como “El Protagonista” (tremendo John David Washington), es parte de un operativo en el que se debe recuperar un artefacto de extrañas capacidades. Este dispositivo es tan valioso que termina siendo perseguido en una operación multinacional y multidimensional por sus posibilidades de “invertir”. Y ya saben, el destino del mundo depende del éxito de esta ejecución. 

Desde la secuencia inicial, se nota la configuración antes descrita que caracteriza la carrera de este director: gigantescos escenarios con acción vertiginosa que enmarcan un relato de frágil lógica; razonamientos que sólo funcionan en el universo de Nolan y en el de la audiencia dispuesta a suprimir los agujeros en favor de su experiencia. 

Sin embargo, no se deja de intentar convencer a quien la mire de que, en realidad, lo que plantea tiene sentido. Esto se hace a través de un diálogo expositivo tan absurdamente utilizado que suena burdo. Siempre es el protagonista quien en su confusión pide aclaraciones, como si fuera una proyección del público. En una de las primeras escenas, cuando una científica de la agencia le explica el fenómeno de la “inversión temporal”, el cual refiere a “la entropía tergiversada de un objeto”, termina su discurso con un: “no trates de entenderlo, sólo siéntelo”. 

Una frase así probablemente nunca la diría una investigadora real, pero pareciera que la cinta se dirigiera al público, aconsejando que, para disfrutar el fenómeno Tenet, es quizá lo mejor que se puede hacer. 

El diálogo se divide entre conversaciones extrañas que sólo derivan en puntualizaciones tan innecesarias como insuficientes, así como en líneas cómicas o astutas que bajan el tono dramático, entregadas eficazmente por el encanto del actor estelar John David Washington y, en menor medida, por Robert Pattinson. 

Si bien, Washington había demostrado tener dotes actorales considerables en El infiltrado del KKKlan (Spike Lee, 2018), aquí se confirma como una de las siguientes superestrellas de Hollywood por su carisma nato —probable herencia familiar por su padre Denzel— su rango histriónico y habilidades para las secuencias de pelea. Sin duda, las actuaciones son el punto más alto de la película. 

El montaje no ayuda a la causa. En la recepción de Dunkerque (2017), hubo numerosos comentarios tanto de la crítica especializada como del público contra el ensamblaje de la película, el cual no favorecía una secuencia prudente de los sucesos, volviéndolos casi incomprensibles. Lo mismo sucede aquí. Este montaje, repleto de concatenaciones apresuradas para hacer juego con los golpes, disparos y (des)disparos, choques y (des)choques, no deja seguir absolutamente todo a pesar del siempre eficiente diseño fotográfico del experimentado Hoyte Van Hoytema. 

El presupuesto total de esta cinta fue de 200 millones de dólares que no fueron escatimados en las secuencias más grandilocuentes, pero sí en la sustancia más básica del cine y una que ha sido ignorada por Christopher Nolan en, al menos, sus dos últimas películas: construir una trama. 

Insertar viajes temporales, “paradojas” o cargar el diálogo con interpretaciones tan inverosímiles hasta para sus estándares, no engrosa un argumento. De hecho, sólo denotan un necio apuro por llenar cada plano y secuencia de aire caliente. Por muchas “capas” que se quiera decir que existen, esta historia es como una matrioshka: cuando se llega al fondo, el núcleo es bastante más pequeño a comparación de la primera muñeca grande. 

“No trates de entenderlo, sólo siéntelo” no es un enunciado que haga justicia, pues no hay mucho que sentir salvo por pocos momentos en donde la “acción” crea emociones reales. Esa exigencia autoasumida de engrandecer y enmarañar un meollo en esencia más sencillo, demuestra que, en cierta medida, el cine de Nolan podría compararse con la franquicia de Rápido y Furioso. Siempre grande, siempre escandaloso. Christopher Nolan es el Rápido y Furioso del “buen cine”.

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