Opinión


¡Cuánto se equivocan!

¡Cuánto se equivocan! | La Crónica de Hoy

Son necesarias muchas generaciones humanas para poder pasar de una forma

 de gobierno a otra. Antes de construir una ciudad, hay que formar ciudadanos.

Georges-Jaques Danton

 

Cuánto se equivocan quienes claman por el retorno de un sistema de justicia penal inquisitivo, irrespetuoso de derechos humanos, acondicionado a lo largo de muchos años por personas en posiciones de poder, para legitimar sus fechorías y abusos.

No me sorprende que el común denominador de la gente, con el legítimo hartazgo de la histórica deuda pendiente en justicia penal, hoy no quiera más discursos ni retórica sino resultados ostensibles y que, con esa inercia culpen al sistema de su supuesto fracaso. Eso lo entiendo, porque la ciudadanía no tiene por qué saber que el modelo de justicia penal acusatorio, aprobado solo nominalmente en nuestro país desde 2008, en vigor desde 2016, hoy aún no alcanza su consolidación total. Modificar un sistema construido a lo largo de varias décadas no es cosa de menos un lustro.

Este fin de semana, en la presentación del reporte del caso Ayotzinapa, el Fiscal General de la República aseguró que “…la esencia de este caso está alojada en el origen mismo de la corrupción, de un sistema que no puede ni debe prevalecer y eso lo estamos demostrando”. Quizás me confundo, pero considerando que el sistema anterior va de salida, asumo que el dedo flamígero iba para el proceso penal acusatorio. Si es así, es de extrañarse que sea justo él quien demerite un sistema que apenas está madurando.

Además, de la caduca fórmula escrita, fueron razones sustantivas las que motivaron una reforma estructural al sistema de justicia penal y de seguridad pública, entre otras, la inclusión expresa en la Constitución General del principio de presunción de inocencia, sin el cual usted o yo tendríamos la carga de demostrar nuestra inocencia y no el MP la obligación de probar la responsabilidad; o podríamos ser tratados como responsables de un delito aún no probado; fijó límites a la prisión preventiva oficiosa que hoy (como los vasos de agua) no se le niega a nadie; anuló por completo la validez de las pruebas obtenidas ilegalmente o mediante violación de derechos humanos (por ejemplo un testimonio bajo tortura); impuso como regla la necesidad de una defensa adecuada y técnica, o sea, auténticamente profesional y no por persona de confianza, como hasta entonces se permitía;  la separación entre el juez que califica la constitucionalidad y legalidad de las actuaciones ministeriales (juez de control) y el juez de la causa (juicio oral) y sí, en efecto, amplió de los derechos de las personas imputadas pero también los de las víctimas.  

El sistema está estructurado de manera que propicia condiciones de equidad entre las partes, mediante ejercicios orales de contradicción pública, con un juez cien por ciento imparcial que ahora sí presencia cada una de las audiencias, en un esquema de justicia pública pero no al estilo de Palacio, con acusaciones infundadas un día sí y otro también, sino en donde ante los ojos de cualquier persona interesada en presenciarlo, los hechos se acreditan con pruebas.

Así el Fiscal, por un lado golpea a un sistema penal acusatorio en consolidación y, en su lugar, parece pugnar por el anterior, uno inquisitivo, anacrónico y con una profunda indiferencia por la garantía de los derechos humanos, cuya ineficacia sí fue contundentemente demostrada en apenas 82 años de vigencia. ¡Taaaan joven!

Desafortunadamente, el titular que hoy ocupa la posición alguna vez conocida como del abogado de la Federación o incluso de la Nación, no es el único en apoyar el regreso. Conocemos declaraciones de legisladores y gobernadores, de unos y otros partidos, que insisten la naturaleza, según ellos, hipergarantista del sistema penal; lo señalan como concebido para defender a delincuentes e insisten en el uso primario de mecanismos represivos inútiles. Esos “placeres” culposos que se esfuman de inmediato dejando atrás sólo consecuencias ruinosas.

Dice el Fiscal que se está demostrando la existencia de un sistema fallido. Aunque no tengo muy claras las premisas de su demostración, la solución que ofrece es el cambio. ¿Y cómo no? Si el cambio es lo de hoy. Es anticuado diseñar y construir proyectos transexenales, apostar por el mejoramiento y no por la falsa innovación. Desde luego, el proceso acusatorio ha presentado fallas, como esa genial elucubración llamada “puerta giratoria”, que revela debilidades no ínsitas del sistema sino de quienes lo componen.

Las instituciones no nacen corruptas, somos nosotros quienes engendramos, propiciamos y esparcimos en ellas ese gen. No se puede fracasar sin antes poner a prueba. Recuerde por favor que cuando el Estado quiere, puede. ¿Está seguro de querer otro modelo penal? No olvide que el imputado mañana puedo ser yo…o usted.

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