Opinión


De cómo el doctor Balmis conoció los magueyes y se encontró con la herencia de la herbolaria prehispánica

De cómo el doctor Balmis conoció los magueyes y se encontró con la herencia de la herbolaria prehispánica  | La Crónica de Hoy

Cuando desembarcó en Veracruz, el médico Francisco Javier Balmis respiró profundo. De nueva cuenta estaba en Nueva España. Recordó aquella época, cuando siendo un médico relativamente joven para la época, había cruzado el mar por primera vez, en busca de sabiduría y de progreso. De aquellos años novohispanos le quedaron muchas enseñanzas, y la satisfacción de haber comprendido algunos fenómenos de los naturales del reino y de la herencia cultural y médica de la cual él había podido nutrirse. Bien sabía el doctor que era su pasado como médico militar, con interesante antecedentes en el ejercicio de su arte en el principal virreinato del imperio español, lo que le había permitido remontarse a puestos de prestigio y de cierto poder. Sólo así, desempeñando el cargo de médico personal del rey Carlos IV, es que había podido convencer al monarca de la necesidad de llevar a todos los confines del imperio la vacuna contra la viruela.

Sonrió el doctor alicantino Francisco Javier Balmis cuando recordó sus años novohispanos, sus aprendizajes, sus descubrimientos. El espíritu de la ilustración, que en el siglo XVIII circulaba, en mayor o menor medida en todas las comunidades intelectuales de Europa, el caldo de cultivo para que un médico joven, con ganas de aprender y de crecer, se asomase a las tradiciones de esa tierra rica y sorprendente, que sí tenían cosas qué enseñar a los europeos. Seguramente, en el equipaje del prestigiado galeno, que encabezaba la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna –pomposo nombre con el que se había bautizado al proyecto- venía un ejemplar de aquella publicación suya de 1794, que era su argumento contra las necedades de sus colegas europeos, empeñados en no querer reconocer que la herbolaria americana podía resolver afecciones y padecimientos, como él lo había entendido, en el ejercicio de su profesión.

EL DOCTOR BALMIS EN LA NUEVA ESPAÑA

Balmis era un muchacho de 17 años cuando ingresó, en calidad de practicante, en el Real Hospital Militar de Alicante. La pasión por comprender y resolver los enigmas de la salud y la enfermedad hicieron que no se conformara con hacer de cirujano, que en el siglo XVIII no era sino un oficio, una práctica. Aquel joven, después de cinco años, resolvió que era importante subir un escalón más, y se fue a la Universidad de Valencia a estudiar. Ahí se licenció en Cirugía y Álgebra, y con su título bajo el brazo, ingresó en el ejército, donde escaló posiciones. Era ya cirujano militar que sirvió primero en Gibraltar, y luego fue enviado a la Nueva España. Tenía 33 años cuando se le nombró Cirujano Mayor del Hospital Militar de Valladolid. Hay datos de que Balmis aprovechó todo lo que pudo su estancia en la Nueva España, y estudió también en la Real y Pontificia Universidad.

El médico pasó en Valladolid unos cuatro años. En 1790 fue nombrado primer cirujano en el Hospital de San Andrés de la Ciudad de México, y una de sus tareas consistía en tratar a enfermos de padecimientos venéreos –enfermedades de transmisión sexual.

Fue en aquellos años cuando puso más atención al abundante conocimiento que, en materia de herbolaria, la cultura indígena ofrecía a quienes ejercían la medicina en la Nueva España. En particular, le llamó la atención el uso de algunas plantas para tratar las enfermedades venéreas, y se concentró en comprender y poner en práctica aquella información.

¿Qué plantas habían atrapado su interés? Nada menos que el maguey y su producto, conocido en toda la Nueva España, el pulque, de los que se afirmaba su efectividad para tratar la sífilis. Puso atención en un procedimiento de un colega suyo, el doctor Viana, que hacían un “cocimiento sudorífico” con pulque, tres onzas de raíz de maguey, dos onzas de carne de víbora y una de rosas de Castilla. Aquella preparación, combinada con purgantes y con tés de “leños” parecía servir para todo mal y de esa manera lo administraba el doctor Viana. Pero a Balmis le parecía que Viana no era suficientemente preciso; que al administrar sus preparados sin tomar en cuenta ni las características personales de cada paciente, ni los síntomas de cada cual, ocurrían “algunos desastres, y fue fortuna que no ocurrieran mayores”, lo que significaba que, con toda la buena voluntad del médico Viana, ya era ganancia que no hubiera mandado a la tumba a algunos de su pacientes.

Balmis era un estudioso. Conocía aquella célebre obra de un par de siglos atrás, la del médico de Felipe II, don Francisco Hernández, quien había escrito un grueso compendio de las virtudes y detalles de las plantas medicinales de la Nueva España. Por el texto de Hernández, Balmis sabía que el pulque era usado para las molestias de las enfermedades de transmisión sexual. Volvió a estudiar el procedimiento de Viana, y, sosteniendo que el uso de purgantes no aportaba nada al paciente, y “no tenían ninguna cualidad específica para destruir el virus venéreo confirmado, y solamente pueden aliviarlo en parte”, empezó a trabajar en el mejoramiento el procedimiento de su colega.

EL MÉTODO, SIEMPRE EL MÉTODO

Esa era la convicción de Balmis. Por eso fallaba el procedimiento de su colega Viana. Simplificó los cocimientos de pulque. La bomba purgante de Viana, que se aplicaba como enema,  contenía hojas de sen, de anís, abundante begonia y coloquíntida, y se repetía la aplicación durante tres días. También fue depurada y solamente se usó la begonia. Después de reflexionar cuidadosamente, Balmis concluyó que los cocimientos de “leños” –sasafrás, saúco, goma de limón, copal de Campeche ¡e incienso!- no servían para nada, de manera que los desechó del procedimiento. Así, encontró que sus preparados tal vez no curaban la sífilis, pero sí paliaban sus molestias.

Pero el médico sabía que no en toda Nueva España se podía conseguir y conservar el pulque. “Se avinagraba” de un día para otro. De modo que siguió haciendo ensayos y conservó el uso de las raíces de maguey, pero en vez de cocinarlas con pulque, hizo experimentos con sidra –mucho más sencilla de encontrar en todo el reino- y con cerveza. A fuerza de ensayar, Balmis se dio cuenta de que no era la mejor idea atiborrar a los enfermos con bebidas alcohólicas, y terminó por hacer sus preparados de raíz de maguey con agua, y con la begonia hacía purgas o enemas ligeros. Si el paciente se incomodaba con el enema, el caballeroso Balmis podía ofrecer la purga en polvos o en píldoras hechas con miga de pan para disimular el mal sabor.

Hechos sus medicamentos básicos, el médico los combinaba con sangrías, dietas especiales, algunos medicamentos que contenían opio, calmantes para los que se ponían histéricos y quina para los que padecían fiebres. Estaba convencido Balmis de que mediante evacuaciones y sudoraciones controladas, un organismo podía “desprender y sacudir la infección venérea”, y aunque hoy día sabemos que eso no es cierto, lo más probable es que todas aquellas prácticas –las depuradas de Balmis, no las brutales de Viana- sí paliaran algunas molestias.

El doctor Francisco Javier Balmis volvió a su patria en 1792, después de seis fructíferos años en la Nueva España. Entusiasmado por sus hallazgos, intentó exportar las plantas para sus preparaciones, pero se enfrentó con la dura oposición de los médicos de la corte. Irritado y convencido de sus logros, Balmis se encerró a escribir un tratado donde reivindicaba el uso de las plantas novohispanas como una aportación médica importante. El resultado se llamó “Demostración de las eficaces virtudes nuevamente descubiertas en las raíces de dos plantas de Nueva España, especies de agave y begonia, para la curación del vicio venéreo y escrofuloso, y de otras graves enfermedades que resisten el uso del mercurio y demás remedios conocidos”, y se publicó en Madrid, en 1794.

Muy orgulloso estaba Balmis de aquel trabajo. Incluso, afirmó: “el crecido número de enfermos de ambos sexos que se han curado bajo mi dirección… entre los cuales había hombres muy viejos, mujeres embarazadas y niños contagiados del fomes venéreo por generación o por lactación, son suficientes pruebas de la suavidad e inocencia con que obran las raíces del maguey y la begonia, administradas con método”.

Cuando, años después, el doctor Balmis regresó a Nueva España, al mando de la misión médica que le ganó su paso a la historia, saludó a estas tierras con la confianza de quien encuentra a un viejo amigo: aquí, con sus experimentos, había encontrado la clave del desarrollo del saber médico.

 

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