Opinión


El escritor y la verdad

El escritor y la verdad | La Crónica de Hoy

Actualmente se vocea que vivimos en una era de fake news, según unos, o de posverdad, según otros. Si no me equivoco, con esto no se pretende decir simplemente que abundan las mentiras y falsedades a gran escala, o sea de tamaño social (como decimos de ciertos productos que se venden en paquetes “tamaño familiar”), porque tales engaños los ha habido desde hace muchos siglos, al menos desde la Donación de Constantino. Aún admitiendo, desde luego, que nuestra era de internet y las redes sociales —con su aumento prodigioso del área de comunicación— multiplica las posibilidades en este campo. Pero lo específico y relativamente nuevo de la situación actual es que se difuminan los límites de lo verdadero y se cuestiona su concepto mismo: se ha dicho que lo mismo que hay barcos que navegan con “bandera de conveniencia” (que no es la de su auténtico país de origen) para realizar fletes de legalidad dudosa o francamente ilícitos, hoy se admite que ciertos líderes políticos proclamen “verdades de conveniencia” para actuar disimulando sus intenciones o malos procedimientos sin despertar mas que el escándalo ocasional de sus adversarios políticos pero rara vez el de la comunidad ciudadana en su conjunto. La verdad no desaparece del todo (las máquinas y los propios organismos no podrían funcionar sin ella) pero se devalúa en el mercado social, pierde atractivo ante semi-engaños bien urdidos y halagadores o emocionantes.

El mundo de las novelas siempre ha fluctuado en los bordes de la verdad, apoyándose en ella para dar mas verosimilitud a sus ficciones. Realismo ma non troppo. Por eso Mario Vargas Llosa tituló su libro de ensayos sobre sus novelas preferidas La verdad de las mentiras, con un rótulo muy apropiado para la actualidad... no sólo literaria. No es extraño que en nuestros días se hayan puesto de moda los relatos que combinan de manera inextricable la crónica de sucesos auténticos con invenciones que les añaden fábulas y derivaciones ficticias. Reconozco mi incomodidad como lector ante este género, incluso cuando el autor se maneja en él con maestría. Si se trata de episodios reales pero que desconozco directamente, disfruto la narración como si se tratase de una obra plenamente ficticia aunque inspirada en hechos verdaderos, como ocurre de un modo u otro con cualquier novela: es el caso, por ejemplo, de Limonov de Enmanuel Carrere. En cambio si he presenciado los acontecimientos historicos de que se trata y aún los tengo vivos en la memoria, como en Anatomía de un instante de Javier Cercas, no puedo evitar leer la narración como crónica y me estorban o incluso me irritan los añadidos novelescos que aporta el autor. Es lo mismo que pasaba con la excelente novela de Mario Vargas Llosa La fiesta del chivo sobre el atentado frustrado al dictador Trujillo que acabó con la ejecución de los conspiradores: a quienes apenas conocíamos el asunto nos pareció un relato magnífico en sí mismo pero los lectores dominicanos que habían vivido en la dictadura le encontraban una serie de errores o inexactitudes que les impedía disfrutarla plenamente.

 ¿Qué es más importante, ofrecer una versión sagazmente distorsionada de la realidad con el propósito de proporcionar argumentos a quienes pretenden transformarla o atenerse estrictamente a ella y dejar que cada cual saque sus propias conclusiones, aceptando quizá que todo siga su curso sin cambios radicales? Y más allá de estos planteamientos morales o políticos...¿no existe una autenticidad literaria, es decir estética, que legitima (o en caso de ausencia, condena) la obra del novelista? Por ejemplo: para juzgar Salambó de Flaubert...¿debemos contrastar ese relato con la historia de Cartago o con la historia de la literatura? Son cuestiones sobre las que no creo que haya respuestas definitivas, ni en nuestra época de fake news y posverdad ni en cualquier otra del pasado o del futuro.

 

©FERNANDO SAVATER.
/ EDICIONES EL PAÍS S.L 2019

 

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