Opinión


En el mundo de las drogas…

En el mundo de las drogas… | La Crónica de Hoy

El narcotráfico, no la droga, 
es el peor flagelo que
estamos soportando recientemente 
en América Latina 
José Mujica
 

Como es costumbre, mientras en otras latitudes se discuten nuevas alternativas a viejos problemas, aquí continuamos con la aplicación de prácticas anacrónicas cuyo fracaso está probado incluso científicamente. Desgarramos nuestras vestiduras con elucubraciones entre la inutilidad del cubrebocas, la conveniencia del empleo de energías limpias y, ¿por qué no? si el uso o consumo de determinadas sustancias corresponde al ámbito estrictamente personal de los individuos o si es un rubro en el que papá gobierno debe inmiscuirse con una regulación prohibitiva.
El caso norteamericano es una buena referencia no sólo por la vecindad geográfica que nos une y porque es el “destino” del comercio ilegal de drogas que se producen en México, sino también porque han aprendido y crecido a través de experiencias propias. Desde la War on Drugs (guerra contras las drogas) de Nixon y la guerra mucho más literal promovida por Reagan, hasta el 2020 en que Oregon se convirtió en el primer estado en despenalizar la posesión de drogas en cantidades mínimas.
Los EUA están despertando en este sentido, quizás estén cayendo en cuenta que concentran, aproximadamente, el 25% de la población mundial privada de su libertad y ahora adviertan que, en buena medida, la causa de esa deshonrosa cifra es una longeva política criminal que ha tendido hacia la estigmatización racial y de clases sociales y las consecuentes represión y punición de estos sectores de la población. 
Mientras tanto, acá recurrimos y abusamos de campañas con alto contenido en estigmatización, por lo menos de las que subsisten en la radio, en perjuicio de las personas que eventualmente consumen sustancias psicotrópicas o estupefacientes o aquellas que ya han generado dependencia respecto de alguna de ellas.
Aunque estamos de acuerdo con la importancia de la prevención, ésta no debe estar sustentada en la propagación de miedo. La educación y el terror son dos estrategias diametralmente opuestas. Educar para prevenir es informar acerca de la naturaleza y efectos orgánicos de determinadas sustancias. Aterrar es recurrir a una expresión vacía, carente de argumentos, pero impactante. La condición de farmacodependencia, en todo caso, debe ser contenida y combatida desde el enfoque de salud pública y no con una lente criminal.
No dudamos de la preponderancia del crimen organizado como factor causal de la inseguridad y, sobre esta base, es que el gobierno federal, a través de la CONADIC, sostiene una campaña (ahora indirecta) de combate contra la delincuencia organizada que tanto ha criticado de otros gobiernos. Abatir a la delincuencia organizada y abatir a las personas consumidoras son dos cuestiones distintas. Una necesaria, la segunda inaceptable y, por lo tanto, deben ser analizadas integral pero separadamente. Las personas que forman parte de organizaciones criminales deben someterse a un proceso penal con las consecuencias naturales que a cada caso resulten aplicables; por su parte, las personas consumidoras o farmacodependientes, deben ser atendidas bajo parámetros no penales, así como ocurrió en EUA que, en lugar de engrosar el índice de encarcelamiento, multará económicamente a quien posea drogas duras como como la cocaína, heroína, oxicodona y metanfetaminas. Con el dinero recaudado podrán implementarse programas de desintoxicación o de deshabituación. Como debe ser. 
El 15 de diciembre vence la última prórroga que otorgó la SCJN al Senado de la República para legislar en esta materia, luego de haber declarado la inconstitucionalidad de la prohibición del uso recreativo de la marihuana por ser violatoria del libre desarrollo a la personalidad. Veámosla como una ventana que comienza a abrirse para la regularización no sólo de los usos lúdico y terapéutico de la marihuana, sino de otras sustancias psicoactivas cuyo mercado ilegal produce ganancias millonarias a los cárteles y le da sentido a su existencia y a su incesante necesidad de expansión.
Nadie aplaude el consumo del tabaco, ni de bebidas embriagantes o de bebidas azucaradas y, sin embargo, ¿usted ha visto que alguien llegue a prisión por comprarlas y consumirlas? ¿Por qué entonces alguien que consume otro tipo de productos es criminalizado? Porque en esa condición puede cometer delitos, dirán algunos. Esa premisa estereotipada, como tantas otras, es equivocada pues castiga una sospecha, una mera posibilidad. En el mundo de las drogas o en otro, ¿qué será de nosotros cuando se penalice no lo que sucede sino lo que puede suceder?

@capastranac

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