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Fahrenheith 451

Desafortunadamente el desprecio al conocimiento sigue vigente. Ahora las redes sociales permiten el linchamiento anónimo. Se ataca a la crítica, se debilita a la cultura, se estigmatiza a la ciencia, justamente cuando estamos inmersos en una de las más grandes revoluciones del conocimiento que ha tenido la humanidad

Fahrenheith 451 | La Crónica de Hoy

El investigador del Cinvestav e integrante de El Colegio Nacional, Pablo Rudomin. El crédito de foto es de Cultura UNAM.

La trama de Fahrenheit 451 recapitula en cierta forma la historia de la humanidad: el miedo y el rechazo al conocimiento. No es realmente  una historia  de  ciencia-ficción. Es la descripción del hacia dónde vamos, o más bien en donde estamos. Es el rechazo al conocimiento bajo la premisa que la ignorancia permite ser más feliz.
A los  grupos del poder no les interesa que la gente “sea feliz” sino que sea sumisa. Saben que el conocer es vivir insatisfecho. Es preguntar, es tratar de entender y eso molesta a los que ejercen el poder. No quieren ser cuestionados. No quieren ser juzgados. 
Para mantener esa situación  queman los  libros, persiguen a los lectores. Los mensajes difundidos a  través de la televisión y  teléfonos, ahora con internet,  pueden ser intervenidos y silenciados. Pero no los libros. La  lectura es solitaria. Es una comunión entre el escritor y el lector. Genera preguntas, genera cuestionamientos. Por esos son peligrosos. Por eso hay que destruirlos. No en silencio sino en público como parte de un ritual atemorizante.
Recordemos que  la Iglesia no sólo persiguió y condenó a los hombres por sus opiniones. También prohibió la lectura y difusión de textos  en los que se exponían puntos de vista diferentes a los del credo oficial, como sucedió en 1616 con los textos de Copérnico (1473-1543), en 1668 con los de Bacon (1561-1626), en 1676 con los ensayos de Montaigne (1533-1592), en 1762 con la obra de Rousseau (1712-1778),  en 1781 con la “Crítica a la Razón Pura” de Kant (1724-1804) y en 1789 con las notas de Voltaire (1694-1778) a Pascal (1623-1662).
Recordemos también los Juicios de las Brujas de Salem en 1662. La histeria colectiva, la caza de brujas. Fue entonces cuando Mary Bradbury  fue condenada a morir colgada por brujería. Afortunadamente pudo escapar, y eso es motivo de otra historia, ya parte  de las memorias familiares que heredó Ray Bradbury, que supongo la tuvo en mente cuando escribió Fahrenheit 451. 
Pero esto no es algo  del pasado. Revive en los treintas y cuarentas del siglo pasado con  la quema y prohibición de libros por las hordas nazis y la expulsión de los “no arios” de las universidades. Entre los muchos autores cuyas obras fueron quemadas y vetadas, están Einstein (1879-1955), Freud? (1856-1939), Hemingway (1899-1961), Kafka (1883-1924), Lenin (1870-1924), London (1876-1916), Mann (1875-1955), Marx (1818-1883), Proust (1871-1922), Wells (1866-1946) y  Zola (1840-1902).
En esa época  también surge  la proscripción de libros científicos en la Unión Soviética por no coincidir estos con la verdad oficial, el Lysenkismo, que considera a la genética clásica como reaccionaria y proclama la herencia de los caracteres adquiridos , cuestión muy conveniente desde un punto de vista político. 
No deja de ser interesante que vista a la luz del conocimiento científico actual, la posible modificación de  los genes por influencias externas como base de un proceso adaptativo,  no es del todo imaginaria. Pensemos en el microbioma, en la simbiosis entre las bacterias y nosotros mismos, así como   en la epigenética que engloba a los mecanismos de herencia no genéticos. Es decir, que resultan por la influencia de las  condiciones ambientales. 
Pero el rechazo al conocimiento no se dio únicamente en los estados totalitarios. También ocurrió en  los Estados Unidos, en los cincuenta del siglo pasado durante la guerra fría y el  Macartismo, cuando por temor al “comunismo” la gente fue juzgada por sus ideas y sus simpatías. Personalidades como Albert Einstein, Allen Ginsberg, Bertrand Russell, Linus Pauling, Orson Welles, Thomas Mann, Berthold Brecht, Charles Chaplin,  Robert Oppenheimer, y muchos otros, sobre todo entre los cineastas, escritores, guionistas  y actores de  Hollywood,  fueron considerados como peligrosos e indeseables.  Ciertamente esta fue una situación que vivió  Ray Bradbury  y que lo motivó según el mismo lo señala a escribir Fahrenheit 451.
Desafortunadamente el desprecio al conocimiento sigue vigente. Ahora las redes sociales permiten el linchamiento anónimo. Se ataca a la crítica, se  debilita a la cultura, se estigmatiza a la ciencia,  justamente cuando estamos inmersos en una de las más grandes revoluciones del conocimiento que ha tenido la humanidad. Vivimos en estos momentos un desarrollo impresionante de la computación digital y la posibilidad de transferir por vía electrónica enormes cantidades de datos que pueden ser analizados   utilizando los métodos de inteligencia artificial, lo que permite encontrar caminos y soluciones a problemas realmente complejos como lo son el diseño de anticuerpos y otros fármacos, el cambio climático, entre muchas otras posibilidades. 
La estrategia actual ya no es silenciar a los críticos y disidentes. Es el introducir ruido en las redes sociales. Es generar verdades alternativas, es confundir a la gente de tal manera que les sea difícil, por no decir imposible, distinguir la verdad de la mentira.
Curiosamente, la posibilidad de cancelar la información introduciendo ruido en el sistema  es una estrategia funcional que hemos encontrado en nuestras investigaciones. Este mecanismo es utilizado por el propio sistema nervioso para controlar las reacciones del organismo en respuesta a estímulos nociceptivos como lo son las quemaduras, inflamaciones y lesiones a los tejidos,  pero esta es otra historia.
Volviendo al  libro, Bradbury  nos relata  como “firemans”, los hombres del fuego (no me gusta el término de bomberos)   entre ellos  Montag, queman   libros y casas   como un deber por cumplir. Queman los libros por ser peligrosos. También queman las casas que los albergan.   Es parte de su trabajo. 
El obedecer las leyes sin considerar sus  implicaciones éticas y morales  me recuerda  el libro de  Hannah Arendt “La Banalidad del Mal”, inspirado en gran parte por el  juicio que se hizo a  Eichmann, el carnicero nazi de los campos de concentración. 
Para  Arendt,  la motivación de Eichmann  no fue  la locura ni la maldad. Fue el estar inserto en un  sistema basado en el exterminio.  Eichmann, dice Arendt, hizo lo que hizo actuando como un burócrata, como un simple ejecutor, como una marioneta banal, solo guiado por el deseo de hacer lo que debía, lo que estaba estipulado. No tenía sentimiento del «bien» o el «mal» en sus actos.
Desafortunadamente esto no es cuestión del pasado… aquí está, entre nosotros… pero este es tema para otra ocasión.
Las conversaciones con Clarisse   siembran en  Montag la semilla de la duda.  Lee algunos de los libros que ha salvado del fuego  y descubre,  para su propio desconcierto, que quiere leer más.  Que quiere entender. Por primera vez se da cuenta que hay un ser humano detrás de cada uno de los libros que quemaba. Un hombre que tuvo que pensarlos. 
Al poco tiempo Clarissa  es  arrollada por un automóvil.  No es claro si se trata de un accidente o si la han desaparecido  por sus ideas subversivas.  
Mildred, la esposa de Montag y unas amigas descubren los libros que Montag tiene en su casa y lo denuncian porque temen que ello les afecte.  Beatty, el jefe de Montag, lo   envía entonces a quemar sus libros y su  propia casa.
Montag entra en crisis, mata a Beatty y huye.  Busca con quien hablar y se pone en contacto con un conocido, profesor de idiomas, Faber, que vive en confinamiento, para expresarle sus inquietudes y su necesidad de  comunicarse con otros que también tengan dudas  y quieran conocer. 
Faber  primero se resiste a responder  a las inquietudes de Montag y le dice “Usted está mirando a un cobarde. Yo vi lo que sucedía hace ya un buen tiempo. Me quede callado. Soy uno de los inocentes que pudo haber hablado  en tiempos en que alguien escuchaba, pero me quede callado y por lo tanto me hice culpable. Y cuando finalmente implementaron la estructura para quemar los libros utilizando a los bomberos  vociferé algunas veces y después lo dejé,  ya que no había otros que también protestaran  o gritaran conmigo. Ahora es demasiado tarde.” 
Estas palabras me recuerdan el poema atribuido a Berthold Brecht escrito por  Martin Niemöller,  pastor protestante, que lo recitó en la Semana Santa de 1946 en Kaiserlautern, Alemania  como referencia a la apatía del pueblo alemán ante la crueldad nazi. Dice así:

Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista,
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista,
Cuando vinieron a buscar a los judíos,
no pronuncié palabra,
porque yo no era judío,
Cuando finalmente vinieron a buscarme a mí,
no había nadie más que pudiera protestar.”

Después de  cerciorarse que Montag era de confiar, lo pone en contacto con  un  grupo clandestino  liderado por Granger. Son gentes  que se oponen a la prohibición de la lectura de libros y buscan la libertad. Huyen hacia otros territorios aprovechando la situación de conflictos bélicos,  que conducen a la guerra nuclear y dejan la ciudad.
Llevan con ellos algunos libros pero sobre todo llevan en  su memoria algunos de los libros que han leído para preservarlos del olvido.  
Aquí me gustaría citar lo escrito por  Neil Gaiman  (2013) en la introducción del libro de Bradbury  edición del 2013, en un número especial en el que se celebraron los 60 años del Fahrenheit 451.
Gaiman dice; “Este libro trata acerca del como los humanos empiezan a quemar libros  y terminan quemando gente” Las ideas, las ideas escritas son especiales. Son la manera en la que transmitimos nuestras historias y nuestros pensamientos de una generación a la siguiente. Si los perdemos, perdemos nuestra historia compartida.


Para finalizar me gustaría mencionar que a Ray Bradbury le gustaba contar cuentos a los niños, como parte de esa necesidad de mantener viva la imaginación.  En ese entonces 1999, mi hijo Adrián vivía a 2 cuadras de su casa, allá en los Ángeles, y frecuentemente se encontraban mientras paseaban por las calles… No sé como pero Ray Bradbury terminó contándole cuentos e historias a Diego, mi nieto entonces de 7 años de edad… y aquí les  muestro una fotografía que se tomaron cuando visitó su escuela, también en la vecindad. Diego lo recuerda vagamente… pero allí está la foto como recuerdo de ese hombre de sensibilidad e imaginación, gran crítico de la sociedad en que vivimos. 
Sea mi presentación  un recuerdo para él y para los muchos otros que viven cuestionando, preguntando y escribiendo libros como testimonio de su forma de ser y de pensar en las que destaca su amor a la libertad y su rechazo al racismo, al totalitarismo, a la ignorancia y a la injusticia social.

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