Opinión


Hijos de inmigrantes nos salvan de la COVID-19

Hijos de inmigrantes nos salvan de la COVID-19 | La Crónica de Hoy

Ozlem Tureci y Ugur Sahir son la pareja de científicos alemanes de origen turco quienes primero descubrieron como salvar y proteger a la humanidad del coronavirus, que en menos de un año ha dado muerte a más de un millón de personas en todo el mundo y  propiciado una pandemia de consecuencias económicas devastadoras.

Hasta hace pocos meses, la pareja vivía casi en el anonimato. Una vida tranquila y modesta en Mainz, donde a pesar de ser multimillonarios, tienen como hogar un pequeño departamento similar al de muchos otros vecinos, el cual comparten con su hija adolescente.

Así, mientras esta semana la esperanza y la sensación de alivio se sintieron a nivel mundial al darse a conocer la noticia de la efectividad probada de la vacuna desarrollada por su laboratorio privado, BioNTech, y la prestigiada compañía farmacéutica Pfizer, sus creadores, ya ahora famosos y aún más ricos, han mostrado la misma modestia de siempre, llegando a trabajar en bicicleta.

Ambos científicos son hijos de inmigrantes de Turquía que llegaron a finales de la década de los 60’s como parte de la política de reconstruir con mano de obra extranjera la Alemania de postguerra. Él, Sahin, de 55 años, nació en Iskenderun, un pequeño poblado turco en la costa del Mediterráneo y fue llevado por sus padres cuando tenía cuatro años de edad.

La familia se estableció en Colonia, donde eventualmente Sahin ingresó a la facultad de Medicina, donde se graduó con una tesis sobre inmunoterapia para células cancerosas. Hizo luego su residencia médica en la Universidad Saarland, localizada en Homburg, donde conoció a otra brillante estudiante médica, hija también de un padre inmigrante turco.

Ella, Tureci, de 53 años, creció en Lastrup, donde su padre, nacido en Istambul, ejercía como cirujano en un pequeño hospital católico y dice que su admiración por las monjas enfermeras era tanta, que pensó en ponerse los hábitos, pero luego se decidió por seguir la carrera de su papá.

La pareja se casó en 2002, cuando un mediodía se quitaron las batas para acudir al Registro Civil y regresaron a completar su día laboral. Su hija nació cuatro años después. Desde entonces viven en Mainz, a orillas del río Rín, un lugar famoso por su cultura y por haber sido el hogar de Johannes Gutenberg, el inventor de la imprenta.

Apasionados por la investigación científica, sobre todo para tratar de encontrar la cura del cáncer, pero careciendo de fondos, en 2008 decidieron establecer su propio laboratorio farmacéutico, el cual ha contado con la ayuda financiera de dos empresarios alemanes, los hermanos Andreas y Thomas Strrunmann y, más recientemente, Bill y Melinda Gates, que en 2019 invirtieron ahí 55 millones de dólares para ayudar con los programas contra el sida y la tuberculosis.

Una mañana, desayunando, en enero pasado, la pareja empezó a conversar sobre las noticias de un misterioso virus que empezaba a circular en China. Luego de las primeras investigaciones, la pareja supo que el mal tenía todo el potencial de convertirse en una pandemia global. Desde entonces, al menos 800 de los más de mil 500 científicos de 60 nacionalidades que trabajan con ellos, han estado dedicados a tener una vacuna. Hoy, es una realidad.

A principios de noviembre se supo que las primeras pruebas de su vacuna eran 95 por ciento efectivas. Pero su eficiencia no es el único factor extraordinario: desarrollarla, probarla, conseguir autorización, todo en menos de un año, es algo que nunca se había dado científicamente. En 2021 producirán 1.3 millones de millones de dosis, que han sido compradas por los gobiernos de Gran Bretaña, Estados Unidos, la Unión Europea, Japón, Australia y muchos países más.

Ozlem y Ugur son actualmente, sin duda, la pareja de científicos más aclamada desde Marie y Pierre Curie. Su éxito es científico pero a la vez humano y muy personal. Le da al mundo una cura, pero también la oportunidad de celebrar los beneficios que llevan consigo los inmigrantes, que tanto en Alemania, como en Estados Unidos y en infinidad de lugares, no son siempre bienvenidos, se les niegan oportunidades y se les liga con ignorancia, crimen y pobreza.

Los doctores Tureci y Sahin, ya se mencionan para un Premio Nobel, de la noche a la mañana están en la cúspide de la fama y en el lugar 93 de los más ricos de Alemania. Pero insisten en que no necesitan automóvil y que un yate sería un estorbo. Reinvertirán su fortuna en más investigación.

Twitter: @Conce54

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