Opinión


La fragilidad de los principales acuerdos internacionales en materia ambiental

La fragilidad de los principales acuerdos internacionales en materia ambiental | La Crónica de Hoy

Gabriel Alberto Rosas Sánchez*

Frente a la compleja dimensión de la crisis civilizatoria y económica que vivimos, surgen distintas voces a nivel internacional que pugnan por replantear el actual estilo de desarrollo predominante en el mundo, no solamente contra la creciente desigualdad económica, represión de los salarios y disminución del Estado en funciones y tamaño, sino también por detener la crisis ecológica a causa de las actividades humanas, lo que nos sitúa en la época geológica denominada Antropoceno. En el debate destaca la crítica sobre el paradigma energético que hace insostenible las aspiraciones materiales de los individuos y la salud de los ecosistemas. 

En efecto, cada modelo económico instaura una forma de plantearnos “la senda de crecimiento y desarrollo” instaurando una forma de representación política y la manera de relacionarnos con el medio ambiente. El capitalismo y la transición industrial han propiciado el uso intensivo de los recursos ambientales en los procesos productivos como forma de competitividad, generando conflictos ambientales, despojos, daños al paisaje y niveles de contaminación que ponen en riesgo la vida. Tan sólo el año anterior se registró un nivel histórico de dióxido de carbono en el aire llegando a 415 partículas por millón, cantidad que causa efectos graves en la salud. 

Las respuestas sistemáticas a nivel global principalmente son dos: I) El programa de Naciones Unidas contra el Cambio Climático que plantea una serie de objetivos dentro de las metas del milenio que articulan aspectos económicos y ambientales con la finalidad de llegar a la meta cero emisiones de dióxido de carbono en 2050, acompañado de la creación de inversiones que promuevan la transición y mitigación del cambio climático a través de la eficiencia energética; asimismo, garantizar el desarrollo económico, disminuir la desigualdad e impulsar la paz en regiones con presencia de conflictos ambientales. Dichos acuerdos se ratifican y coadyuvan con la firma de acuerdos climáticos como el de París y el Protocolo de Kioto. II) El Green New Deal, término popularizado por la clase política a raíz de la propuesta de la congresista estadunidense Alexandria Ocasio-Cortez. La hoja de ruta de esta propuesta renueva la propuesta keynesiana del Estado interventor en momentos de crisis para reducir el desempleo y a la vez impulsar la transición energética hacia el uso de energías renovables.

Si bien reconocemos “el acto de buena fe” de incorporar la problemática ambiental en la agenda contemporánea, estos proyectos sufren del abuso político por su falta de cuestionamiento profundo a los mecanismos de mercado imperantes. En efecto, por un lado, las cuestiones ambientales se han convertido en propaganda política junto con las promesas para reducir la pobreza, no obstante, estos discursos carecen de un marco analítico multidisciplinario y realmente crítico. Por otro, predomina la noción de eficiencia-eficacia de los mercados y la propiedad privada, delegando el papel estelar a las innovaciones tecnológicas. En un capitalismo dominado por las actividades financieras y especulativas, ¿realmente existe la posibilidad de que surjan las innovaciones empresariales que induzcan el mecanismo de prosperidad, reduzcan la desigualdad y mejoren el ambiente?

El gran problema, que consideramos elemental, es la visión monetaria de los recursos ambientales en los proyectos de desarrollo nacional, limitando su recuperación a términos de compensación, dejando de lado el significado cultural y social para la humanidad, la gran cantidad de especies que viven en los ecosistemas y la complejidad que representa cada entorno natural para el funcionamiento planetario. 

En esta controversia surge otra cuestión, ¿por qué los seres humanos no somos capaces de dimensionar el problema ecológico? Desde el campo de la psicología y las neurociencias retomamos a Sörqvist y Langeborg (2019) quienes argumentan que los humanos construimos soluciones inmediatas bajo dos criterios: evaluación moral y acciones de compensación. Por ejemplo, pensamos que la relación humano-naturaleza puede compensar culpas ecológicas cuando desperdiciamos agua y en su lugar tratamos de remediarlo comprando productos “amigables” con el ambiente. Sin embargo, esta visión de compensación nos lleva hacia una trampa verde, en la cual, ambos comportamientos en términos de energía y materia ambiental son IRREVERSIBLES y el daño no se compensa jamás. 

Esta visión de compensación se vuelve problemática cuando se construyen instituciones a nivel mundial o nacional que intentan “compensar” el perjuicio. Un ejemplo son los impuestos al carbono que permiten que los países que menos contaminan puedan vender sus derechos a países desarrollados e incrementen sus niveles de emisiones. Este tipo de acciones (presentes en los acuerdos internacionales para combatir el cambio climático) somete al medio ambiente a términos monetarios y de compensación, problemas que hacen insostenible cualquier propuesta de reforma hacia el “capitalismo verde”. 

Necesitamos replantear la visión tradicional que promueve “el desarrollo” con el fin de cuidar el medio ambiente en términos de compensación y centrarnos en el origen de los daños. Hasta el momento se plantea que los problemas radican en la incapacidad de los países para implementar la ruta de acción propuesta; sin embargo, la problemática va más allá. En primera instancia, comenzar reconociendo los límites culturales, económicos y sociales de cada región, cambiar nuestros patrones de consumo, pugnar por el diseño de políticas regionales y multinivel en lugar de una sola política nacional, que sea incluyente de actores conocedores en el manejo de la sustentabilidad ambiental como las diversas comunidades indígenas en América Latina que han demostrado tener sistemáticamente excluidas.

Debemos virar hacia proyectos de economía solidaria que garanticen a los integrantes mejoras en su nivel de vida, condiciones laborales dignas y la capacidad de conservar sus recursos naturales bajo una visión ética distinta a la difundida en términos monetarios. Estas sociedades no tienen que inventarse, funcionan de manera cotidiana a nuestro alrededor. Es momento de pensar en otra ruta que no sea la más sofisticada en términos académicos al hablar de instituciones internacionales o una sola disciplina científica y mirar a escalas distintas de nuestro desempeño como actores sociales. 

* Estudiante del doctorado en Ciencias Económicas de la Universidad Autónoma Metropolitana y miembro de la Sociedad Mesoamericana y del Caribe de Economía Ecológica.
Correo: rosassanchezgabriel@gmail.com

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