Opinión


La fuerza de la ignorancia

La fuerza de la ignorancia  | La Crónica de Hoy

La ignorancia es el primer enemigo de la democracia. Ignorancia no es carecer de conocimientos, sino no saber interrogarse, informarse, razonar y decidir de manera autónoma y libre. La ignorancia impide que el ciudadano elabore juicios críticos sobre los hechos de la vida pública y que siga pautas de conducta coherentes.  

La ignorancia, lo sabemos, está muy extendida, pero es una presencia invisible, intangible, silenciosa. Nos rodea, pero no la percibimos. Ella puede ser decisiva en política pues, en democracia todos los ciudadanos participan.  

Los ignorantes son víctimas propicias de los demagogos, están siempre dispuestos a escuchar el canto de las sirenas. El ignorante es incapaz de entender soluciones complejas y, por lo mismo, acepta fácilmente las fórmulas simplistas que reducen todo un dilema: a Favor o en Contra. Sí o No. Buenos o Malos. Neoliberales o Transformadores. 

Es ignorante aquel que no sabe expresar de manera inteligible sus demandas hacia los demás y quien no alcanza a comprender las exigencias de sus conciudadanos. Un ignorante no es capaz de persuadir a los demás, pero tampoco puede ser persuadido de la verdad ajena.

Es difícil que el ignorante cambie de opinión y, en democracia, eso es síntoma de estancamiento. La democracia es un juego circular de argumentos y persuasiones. El cambio de opinión es síntoma de inteligencia y ductilidad; la estulticia en cambio, habla de adoctrinamiento, dogmatismo o fanatismo.

Hay gente, sin embargo, que concibe su inflexibilidad mental y su terquedad como un mote de orgullo. Es el caso de nuestro excepcional presidente de la república, que desde su escenografía diaria se vanagloria de no dejarse convencer por nada y por nadie.

El peligro que se corre con la inflexibilidad mental asociada a la ignorancia es que la democracia se enquiste, se inmovilice, se hunda en una parálisis de desgaste. La fuerza activa de la democracia es el argumento y el contra-argumento, el debate y la construcción compartida de consensos. Si solo una verdad se impone como dogma, la democracia, en el mediano plazo, perece.

Alguien tiene que ceder. La vida de las democracias se funda en la renuncia parcial que los ciudadanos hacen a sus anhelos personales para dedicar una parte de sus energías a los intereses comunes. La democracia es lo contrario del egoísmo, es una máquina que opera con base en la generosidad de cada uno de sus miembros.

El verbo mágico de la democracia es compartir. Los enemigos de la democracia son aquellos que se niegan a argumentar y discutir y que, en cambio, consideran que sus creencias son verdades supremas y, por tanto, indiscutibles.  La política democrática es una construcción colectiva y no se guía por la voluntad o el pensamiento de un individuo, por brillante que éste sea. Cuando una personalidad impone sus dictados sobre la sociedad, lo que existe, no puede llamarse democracia: su nombre correcto sería tiranía.

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