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La importancia de llamarse Francisco Zarco

Francisco Zarco, decía su contemporáneo Guillermo Prieto, que era capaz de hacer periódicos en el ala de una mosca. Ése era su oficio, en toda circunstancia, por malas que fueran las condiciones. Era editor y escritor, casi reportero, al mismo tiempo. Ésa fue su adicción, su pasión, su manera de entender el mundo: la palabra impresa, la discusión sobre la vida pública, la defensa de las ideas y el derecho a expresarlas. Por eso lo han llamado, durante siglo y medio, “modelo de periodistas”.

La importancia de llamarse Francisco Zarco | La Crónica de Hoy

Pocas fotografías hay de Francisco Zarco. En cambio hay calles con su nombre en muchas partes del país, algunas salas de prensa recibieron su nombre para honrar su oficio, y, en tiempos de José López Portillo, el avión presidencial se llamó también Franci

Ahí sigue, en forma de estatua, en el cruce de Paseo de la Refoma, Avenida Hidalgo y la pequeña calle que hoy lleva su nombre. Los muchachos en situación de calle que habitan la diminuta  plaza, seguramente no se han preguntado quién es el señor de grandes bigotes que lleva ahí, erguido, mirada al frente, cincuenta años, exactamente. Con seguridad, tampoco lo han leído, ni siquiera en estos tiempos, en los que hablar de los liberales decimonónicos vuelve a formar parte de la agenda nacional. De otro modo, sabrían que Francisco Zarco Mateos, que es el nombre del personaje de metal, es uno de esos actores del pasado nacional cuya biografía tendría que volver a contarse, a través de los periódicos que hizo, de los artículos que escribió, de los debates que sostuvo, de las causas que defendió.

Su tumba, en el panteón de San Fernando, no es de las más bonitas ni interesantes, porque, de hecho, se la hicieron en los años 70 del siglo XX, cuando una ocurrencia del entonces presidente Luis Echeverría lo sacó del nicho en el que lo habían metido originalmente, para acercarlo unos pocos metros más al Benemérito, creyendo que le hacían un favor, cuando la valía propia del periodista Zarco es más que suficiente para asegurarle un lugar en la historia legislativa y la historia de la prensa de este país.

Cuando lo llevaron a enterrar —o al menos eso creían— con una enorme procesión laica detrás de una caja “modesta pero decente”, todos los discursos pronunciados en esa mañana del 23 de diciembre de 1969, coincidían en una cosa: Francisco, Pancho Zarco, para los colegas y los amigos, estaba convencido de que el periodista es el narrador de los hechos, no el protagonista. Por eso, nunca puso por escrito la historia de los meses que pasó escondido, transfigurado en arriero, en petimetre, para escapar de la persecución de la autoridad conservadora establecida en la Ciudad de México, durante los días más terribles de la Guerra de Reforma. Dispersos por el país, algunos de los liberales más destacados, él había elegido quedarse en la capital.

Por eso, la historia de los sinsabores y la pobreza que vivió, junto con su familia, en los días en que hubo de exiliarse en Estados Unidos, ganándose el pan con artículos que vendía a periódicos interesados en la guerra de intervención mexicana, sólo podemos leerla en su copiosa correspondencia.

Hoy, que se cumplen 150 años de la muerte de Francisco Zarco, se puede decir que sólo en dos ocasiones se ha convertido en personaje de novela: una, cuando despuntaba el siglo XX,  cuando el periodista y novelista Victoriano Salado Álvarez lo describió disfrazado, con anteojos de cristales ahumados y coloreados, ingenioso, animoso, “el rey de los graciosos”, escurriéndosele entre las manos a las tropas conservadoras que se enseñoreaban en la capital. Así lo pintó Salado Álvarez: terco, indignado e inquisitivo; reporteando —sí, reporteando—  en los pueblos cercanos a la Ciudad de México para poder escribir Las Matanzas de Tacubaya, denuncia feroz de cómo había ocurrido aquel crimen colectivo —53 víctimas— que tanta justificada mala fama le acarreó al general  Leonardo Márquez, que en adelante y para el resto de sus días hubo de cargar con el feo sobrenombre de El Tigre de Tacubaya.

El otro escritor que se ha atrevido a devolverle la humanidad a Zarco es el poeta sabio Vicente Quirarte, que hace unos pocos años, en La isla tiene forma de ballena, lo representó frágil, quebrantado, enfermo y exiliado en Estados Unidos, a consecuencia del medio año que pasó, encerrado por los conservadores, en la inmunda cárcel de La Acordada, cuando por fin lo acorralaron, después de haber puesto a circular un periódico que se llamaba el Boletín Clandestino, donde, en sus narices, seguía defendiendo el ideario y al partido liberales. De allí lo habían sacado las fuerzas liberales que entraron, triunfantes, a la Ciudad de México, en el día de Navidad de 1860.

El tratamiento literario era, ciertamente, lo único que le faltaba a Zarco en la construcción de la biografía que conocerían las generaciones que sucedieron a los defensores de la República.  Hijo de un militar y nacido un 4 de diciembre en Durango, más bien por casualidad, pues su familia provenía del centro del país, debutó en el periodismo a la tierna edad de 13 años —o sea, que desde chiquito era una auténtica plaga— por allá de 1842. En adelante, y aunque en ocasiones le tocaría hacer, a ratos, de funcionario público, lo que de verdad le gustaba y lo que mejor sabía hacer era el periodismo. Y si escribir venía acompañado de editar, de producir el periódico, tanto mejor.

ZARCO, EDITOR Y REPORTERO. Autodidacta talentoso, anduvo de aquí para allá, y así adquirió su oficio. En 1849, sabemos que estaba escribiendo para El Álbum Mexicano, y un año después ya estaba haciendo El Demócrata, que alcanzó 103 números y que se dedicaba, en particular, a hacerle la vida imposible al presidente Mariano Arista.

En la década de los cincuenta del siglo XIX, cayó en el llamado de la política  y resultó diputado suplente por Yucatán, mientras elaboraba curiosidades como el Presente Amistoso dedicado a las Señoritas Mexicanas, lleno de poemas y reflexiones edificantes, orientados a fomentar la  buena educación de las mujeres. Para entonces, Zarco ya estaba embarcado en el  curioso y tormentoso vínculo con el impresor Ignacio Cumplido.

Dedicado al periodismo, los cuarenta años que vivió Zarco fueron de una intensidad vertiginosa. El 1 de enero de 1852 comenzó a escribir en las páginas del gran periódico liberal El Siglo Diez y Nueve, con el seudónimo de Fortún, con el cual firmó docenas de textos llenos de humor y de ironía, y así unió su destino al de ese diario que aparecía, todos los días, a las 3 de la tarde.

Desde abril de 1853, Zarco asumió el puesto de redactor jefe —que en los hechos equivalía a ser el director del periódico— de El Siglo Diez y Nueve. Desde allí miró el acontecer diario y se adelantó al periodismo de su época al escribir, diariamente, la crónica parlamentaria del Congreso Constituyente de 1856-1857, que creó la Constitución liberal que los diputados y el presidente Comonfort juraron el día de la fiesta de San Felipe de Jesús, el 5 de febrero de ese mismo año.

Mientras sesionó ese Constituyente, Zarco asistía, en su calidad de diputado por Durango, todas las mañanas a trabajar de legislador, donde fue una de las voces fuertes del Partido Liberal. Escuchaba intervenciones, recuperaba discursos, tomaba nota del ambiente y de los episodios chuscos o absurdos que nunca faltan en un Congreso. Así inició en este país esa tarea que el gremio denomina “reportear”. Terminados los trabajos legislativos del día, Zarco se iba a la redacción de El Siglo Diez y Nueve y se aplicaba a su tarea de editor, aguantando presiones y reclamos, porque pocas cosas hay tan molestas como un diputado que, encima, es director de un periódico, y, en esos días, al presidente Ignacio Comonfort no le hacía ninguna gracia que Zarco empleara las páginas del diario para evitar sus intromisiones —balconeándolo, pues— en los trabajos del Constituyente.

Aquel Congreso fue importantísimo en la vida de Zarco, porque no contento con ser su fiel cronista, fue una de las voces relevantes en los debates acerca de la libertad de expresión y el derecho a ejercer un periodismo regido por la responsabilidad y la ética del que escribe.

Como nunca falta, en el oficio periodístico, discutió y se peleó con sus colegas. Algunos lo acusaron, a veces, de no publicar sino lo que gustaba al gobierno juarista. Pero era un periodismo militante, que no disimulaba sus ideas (como TODO el periodismo de la época), y Zarco, muy temprano en la vida, había elegido ser liberal y republicano. La lealtad a sus ideas le valieron que, al morir, un 22 de diciembre de hace 150 años, el Congreso que había presidido hasta unas pocas semanas antes, lo declarara “Bien de la Patria”. Con ese último honor quisieron enterrarlo.

El verdadero sepelio de Zarco ocurrió ocho meses después, en agosto de 1870, se cuenta, momificado con tal calidad, que estuvo un rato, sentado ante una mesa, en actitud de ponerse a escribir. Para entonces ya era una leyenda del periodismo mexicano, y uno de esos clásicos al que deberíamos volver a leer.

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