Opinión


La moral de los buenos

La moral de los buenos  | La Crónica de Hoy

Al actual presidente corresponde el mérito de colocar la corrupción en el centro de la atención pública, pero es un fenómeno que desborda el esquema simplista con el cual pretende explicarlo y resolverlo.

No es suficiente, desde luego, con quitar de los puestos públicos a personas que el Ejecutivo juzga como deshonestas y colocar en su lugar a personas que en su opinión son honestas.

No es suficiente, primero, porque el juicio del presidente sobre la calidad moral de esas personas puede ser equivocado --no hay garantía objetiva alguna de que sea correcto.

En segundo lugar, porque el problema no se reduce a los funcionarios públicos, existe también, por otro lado, la demanda de actividades corruptas representada por empresas tipo Odebrecht o por cualquier empresario interesado en influir en decisiones públicas.

Tampoco se acabará la corrupción con juzgar y, en su caso, encarcelar, a los anteriores presidentes de la república y, si se quiere, a sus colaboradores. AMLO ha insistido en este tema no por amor a la justicia y a la probidad sino con intenciones claramente políticas.

Se pueden juzgar y encarcelar a miles de corruptos, pero la corrupción no desaparecerá, como no ha desaparecido en tres milenios de civilización. Los corruptos existen en los gobiernos actuales y seguirán existiendo en los gobiernos futuros. Sin remedio.

El presidente ha querido ver este problema como un asunto exclusivamente moral y afirma que con la 4T se “moralizará” al país, incluso ha propuesto la elaboración de una Constitución Moral, lo cual es, inocultablemente, ridículo.

Se atreve a lanzar esa idea porque en su cabeza los mexicanos somos menores de edad, no somos adultos, autónomos, libres, con juicio propio. Dadas nuestras limitaciones de juicio el Gran Padre de la Patria nos debe decir lo que es bueno y lo que es malo.

En ciertas ocasiones, el presidente también ha dicho que en el pueblo existen “grandes reservas de moral”, que “el pueblo es honesto”, etc.”. Vaya. Por un lado, el pueblo necesita moral y, por otro, el pueblo tiene moral. La explicación de esta aparente contradicción es la siguiente: para AMLO hay un pueblo virtuoso, pero ese pueblo no incluye a las clases medias y altas --que sabemos son las que más se corrompen—sino solo al pueblo sufrido, ingenuo, que suele ser generoso y bueno.
Ese pueblo bueno es el pueblo de AMLO. Este pueblo bueno está en todas partes y en ninguna. Ese pueblo suele ser víctima, aunque es una fuerza natural, silvestre, es la voz de la democracia misma, no necesita someterse a leyes ni a instituciones. El pueblo de AMLO está por encima de todo, es el único que decide, es quien decide incluso quien es bueno quién es malo.

Ese pueblo, como dice Fernando Savater, es una entidad metafísica. “Al pueblo, dice, le pasa como a Dios está en todas partes y en ninguna en particular”. Materialmente no existe. Lo que existen son conjuntos de ciudadanos que se inclinan por tal o cual partido, por tal o cual candidato. Pero esa entidad metafísica es siempre invocada y ensalzada por los demagogos pues saben que el pueblo es noble, bueno, sabio y…fácil de engañar”.

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