Opinión


La política envilecida

La política envilecida | La Crónica de Hoy

No hubo sorpresas. El mensaje del 2º Informe de gobierno no modificó el discurso presidencial que obstinadamente se recrea día tras día en las mañaneras y que subraya más que las acciones gubernamentales concretas, las intenciones morales que las animan. Los seis meses de pandemia y los 65mil muertos, según las subestimadas cifras oficiales, además de la grave situación económica y su impacto negativo en la vida social, no fueron razón suficiente para que AMLO cambiara la orientación, o el énfasis de su comunicado a la nación, para hacerse cargo de la circunstancia extraordinaria que vivimos, ofreciendo un balance más responsable y empático de los enormes desafíos que enfrenta nuestro país.

Por el contrario, y como en los viejos tiempos del hiperpresidencialismo, se insistió en los éxitos y en la persistencia del rumbo, destacando que el gobierno ha venido manejando la crisis sanitaria y la económica de manera ejemplar, incluso envidiable para otros países, aunque la realidad choque frontalmente con los dichos.

En el contexto de este 2º Informe, hemos sido testigos de cómo se ha venido envileciendo la vida política de nuestro país y de ello es responsable no sólo el Presidente, sino los diferentes actores políticos que parecen empeñados en deteriorar el significado de la política.

Se les olvida que es esa actividad humana esencial que sirve para resolver de manera pacífica y con base en acuerdos institucionales, los conflictos que surgen entre los diferentes intereses y grupos existentes. Son políticos que atropellan el quehacer mismo al que se dedican.

En los últimos días, AMLO ha utilizado el púlpito de las mañaneras para acusar con nombre y apellido a organizaciones de la sociedad civil como México Evalúa, Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad, o el Centro Mexicano de Derecho Ambiental y a un medio de comunicación digital, Animal Político, entre otros, por recibir fondos de fundaciones extranjeras, con el argumento de que se oponen al proyecto del Tren Maya. El presidente aprovecha el espacio privilegiado y de cobertura nacional al que tiene acceso para manejar discrecionalmente la información, para utilizar verdades a medias, o francamente para manipular los datos, a fin de desprestigiar a las voces críticas de su gobierno que han documentado irregularidades en distintos proyectos de la actual administración. 

Aunque dichas organizaciones han explicado públicamente cómo rinden cuentas puntuales de los recursos que reciben y para qué tipo de trabajos de investigación y/o de capacitación de comunidades para la defensa de sus territorios se utilizan, es casi imposible que sus argumentos encuentren un eco que compense la desproporción de la cobertura y el peso del discurso presidencial. En realidad, el señalamiento de AMLO es un abuso del foro público y de la investidura misma para manchar el buen nombre de organizaciones que han sido críticas de malas prácticas gubernamentales y públicas, no ahora, sino respecto de gobiernos anteriores, con la pretensión de estigmatizarlos, asumiendo que al ser donatarias de fondos del extranjero, sirven a gobiernos de otro país. Es utilizar la política, no para argumentar o deliberar sobre distintas posiciones o argumentos, sino para perseguir a quienes disienten, colocándolos como artífices de intereses ajenos.

Pero, AMLO no está solo en este afán de envilecer a la política. La pelea entre el PRI y el PT por presidir la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados es una muestra de cómo han empeorado las coordenadas de nuestra vida política. A fin de determinar cuál de los dos partidos es la tercera fuerza política, se ha echado mano de un tráfico grosero de legisladores que van y vienen en función del mejor postor. Lo lamentable es que lo que está en disputa es ni más ni menos que quién tiene uno más de 46 diputados, lo que representa apenas el 9% de la representación política en la Cámara Baja. No es una lucha por ver quién tiene la fuerza para impulsar ciertas leyes o reformas legislativas, o para armar coaliciones, sino para sentarse en una silla alta y tener algunos reflectores.

En el pasado, se instaló como una práctica frecuente que políticos saltaran de un partido a otro para obtener alguna candidatura a cargo de elección; lo que es nuevo en este momento, es que el intercambio de diputados es para presidir la Cámara de Diputados que es un cargo de visibilidad pública personal, pero de poca relevancia política. Antes, el diputado que presidía, contestaba el Informe Presidencial, pero ahora que ya no existe la presentación física del mismo, la pelea se reduce a tener la facultad de convocar y armar la agenda legislativa. 

El hecho de que, previo al arranque del periodo ordinario de sesiones, no hayan podido obtener la votación necesaria en el pleno de la Cámara de Diputados para decidir quién debe presidirla, habla de lo mermada que está la capacidad de establecer acuerdos políticos en nuestro máximo órgano de representación política; es una muestra del enorme desgaste de las fuerzas políticas, no sólo las del flanco opositor y, por extensión, del deterioro de nuestra vida política. 

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