Opinión


La verdadera puerta giratoria

La verdadera puerta giratoria | La Crónica de Hoy

La prisión es el único sitio en el que el poder puede manifestarse de forma desnuda y en su más excesiva dimensión. escribió el desaparecido, pero siempre presente, célebre filósofo universal del pensamiento, Michel Foucault, de quien hace apenas unos días conmemoramos el 94 aniversario de su nacimiento. 
La prisión fue, durante muchos años un mecanismo vindicativo, de revancha, de castigo por desobedecer aquello considerado como indebido por un puñado de notables en posiciones de poder, desde cuyo atrio creyeron y aún ahora siguen creyendo tener la capacidad, erróneamente, de modificar realidades sociales que no se transforman por decreto sino con la suma activa de voluntades. 
Hoy las prisiones no sólo siguen siendo inútiles para los fines románticos plasmados constitucional o convencionalmente, sino que sus consecuencias funestas se esparcen casi en la misma medida en que la población carcelaria crece. La libertad personal, de tránsito, la libertad motriz se encuentra muy probablemente entre los cinco bienes de mayor importancia para las personas. Un derecho humano tan elemental, tan natural, tan nuestro, como la necesidad de respirar o el impulso muscular del corazón por latir es, cada vez con mayor frecuencia empleado como mecanismo de coacción.
Aún así, la prisión como castigo y ¿por qué no?, la prisión preventiva como medida cautelar, son ya no sólo alternativas viables, sino reglas casi inmutables. La prisión no es un problema en sí mismo, como tampoco lo es el delito. En realidad se trata de fenómenos secuenciales sobre cuyas verdaderas causas o etiologías no nos hemos detenido a reflexionar y, por ello, además de convalidarla con nuestra pasividad, seguimos tropezando con, una y otra vez, con los mismos obstáculos que nos hemos puesto.
Creo en la prisión como consecuencia de nuestros actos, no como castigo ni tampoco como un vehículo de reinserción, de reeducación, de readaptación, de sanación o de redención ni de cualesquiera otros fines inalcanzables con que se le quiera ataviar. El sistema penitenciario, particularmente las prisiones, únicamente cumplen un fin instrumental secundario y, sin embargo, en la supuesta búsqueda de ese utópico destino, en muchos casos se emplean afectaciones simplemente irreparables para la dignidad de las personas.
Desde luego, no es la intención, no por ahora, justificar la excarcelación de las personas que cometieron un delito y aún así, tampoco podemos dejar de reconocer que esos sitios en que en numerosas ocasiones se quebranta el espíritu, se encuentran muy pero muy distantes de aquellos fines que pretenden.
Me preocupa que en el horizonte no advirtamos, como próxima, tierra firme sustentada en una adecuada política criminal de Estado, transexenal, que atienda las causas y no las consecuencias, reflexiva, integral, sustentada en evidencia empírica y no una política criminal de ocurrencia, para salir del paso, la que construimos usted y yo a ojo de buen cubero. De continuar por la senda de la maximización penal, en la que ya casi todo se castiga con penas, no sólo se puede derrumbar el sistema penal sino también puede significar el colapso del sistema penitenciario. Según yo, nada de positivo hay en ofrecer elevadas cifras de detenciones, procesamientos y encarcelamientos; ello significaría sí que las instituciones encargadas de…cumplen su labor y, en el lado b, toparíamos con la cruda verdad. El problema sigue ahí.
Es inaplazable repensar las prisiones ¿para qué nos sirven? ¿para qué las queremos? Luego actuar en consecuencia, esto es, no sólo desde la prisión misma, a la que, por supuesto hay que atender de inmediato, sino desde el camino que lleva a ella. El delito y el desmedido uso del Derecho Penal que debe cesar paralizando las construcciones legislativas oportunistas, sinrazón. 
Las prisiones son, como siempre han sido, la verdadera puerta giratoria. No importa el delito. No importa la duración de la pena. Entras por un lado y sales por 

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