Cultura


Las buenas madres

Fragmento de esta obra de Alex Perry, de nuestra sección semanal Letras Planeta

Las buenas madres | La Crónica de Hoy

(Fragmento)

I

El símbolo de Milán es una serpiente gigante devorando a un niño que grita.1 La ciudad más importante del norte de Italia cuenta con otros emblemas venerados: un oso peludo, una virgen de oro y, más recientemente, los logotipos de los diseñadores que hacen de Milán la capital mundial de la moda. Pero, con ochocientos años de existencia, la imagen del sinuoso reptil hundiendo los dientes en el cuerpo retorcido y empapado en sangre de un niño sigue siendo el emblema más popular, y aparece en banderas y bajorrelieves de los muros de la ciudad, en la insignia de Alfa Romeo y en la camiseta del Inter de Milán. Se trata de un estandarte amenazador, algo que resulta extraño en el caso de un pueblo que suele asociarse con la familia y la comida, y también algo tosco, lo que resulta no menos extraño en el caso de una ciudad cuyas cotas artísticas alcanzan las alturas sublimes de La última cena de Leonardo da Vinci. De hecho, los milaneses, en su mayoría, ignoran cuál es su significado, aunque en momentos de franqueza algunos confiesan que, según sus sospechas, la imagen en cuestión ha sobrevivido porque arroja luz sobre una verdad oscura que subyace en el corazón de su ciudad: que el dinamismo y los éxitos por los que es conocida dependen, entre otras cosas, de a quién esté dispuesta a destruir.
En los cuatro días que pasó en Milán a finales de noviembre de 2009, antes de que su padre matara a su madre y después borrara de la faz de la tierra cualquier rastro de ella, Denise Cosco pudo llegar a creer que su familia había dejado atrás su propia oscuridad. Ella tenía diecisiete años. Su madre, Lea Garofalo, treinta y cinco, y era la hija de un mafioso. Su padre era Carlo Cosco, un traficante de cocaína de treinta y nueve. Lea se había casado con Carlo a los diecisiete, había visto cómo su marido y el hermano de este mataban a un hombre a los veintiuno, y con apenas un año más había ayudado a enviarlo a la cárcel milanesa de San Vittore. Denise se había criado con su madre en fuga. Durante seis años, entre 1996 y 2002, Lea se había ocultado junto con su hija en las callejuelas estrechas y sinuosas de la ciudad medieval de Bérgamo, a los pies de los Alpes. Lea lo convirtió todo en un juego (dos chicas meridionales ocultándose en aquel norte tan gris), y con el tiempo las dos lo fueron todo la una para la otra. Cuando paseaban por las calles empedradas de Bérgamo, delicadas y menudas, tomadas de la mano, pasándose el pelo rizado por detrás de las orejas, la gente las tomaba por hermanas.
Una noche, en el año 2000, Lea estaba mirando por una ventana y vio que su viejo Fiat estaba en llamas. En 2002, después de que le robaran la moto y se incendiara el portal de su casa, le dijo a Denise que optaría por un juego nuevo, y, tomando de la mano a su hija de diez años, se fueron a la comisaría de los carabinieri, donde, para estupor del agente que se encontraba en recepción, anunció que testificaría contra la mafia a cambio de recibir protección como testigo. Entre 2002 y 2008, madre e hija habían vivido en viviendas custodiadas por el gobierno. Los últimos ocho meses, por motivos que Denise solo comprendía en parte, volvían a vivir sin protección. En tres ocasiones, los hombres de Carlo habían dado con ellas, y las tres veces Lea y Denise habían escapado. Pero en la primavera de 2009 Lea estaba agotada, sin dinero, y le dijo a Denise que solo les quedaban dos opciones: o, no sabía cómo, conseguían el dinero suficiente para viajar a Australia, o Lea tenía que hacer las paces con Carlo.
Si bien ninguna de las dos cosas parecía probable, la reconciliación con Carlo era al menos posible. El Estado había renunciado a su empeño de condenarlo sobre la base de las pruebas aportadas por Lea y, por más que aquello le causaba indignación, también implicaba que ella ya no suponía una amenaza para él. En abril de 2009 envió un mensaje a su marido en el que le decía que debían perdonar y olvidar, y aparentemente Carlo se mostró de acuerdo. Las amenazas cesaron y no hubo más coches quemados. Carlo empezó a llevarse a Denise de viaje por la tierra de sus orígenes, Calabria. Una noche de septiembre llegó incluso a proponerle a Lea que quedaran los dos, y se fueron en coche por la costa y hablaron hasta el amanecer del verano en que se conocieron, hacía ya muchos años.
Por eso, cuando en noviembre de 2009 Carlo invitó a su mujer y a su hija a pasar unos días con él en Milán, y Denise, cubriendo el teléfono con la mano, aguardaba una respuesta de su madre, Lea se encogió de hombros y dijo: «Está bien». Lo convertirían en una escapada breve. Los recuerdos que Lea tenía de Milán en invierno eran los de una ciudad fría y deprimente. Los árboles eran como relámpagos negros recortándose contra el cielo; las ráfagas de viento descendían como aludes sobre las calles y arrastraban pequeños monzones de lluvia gélida sobre la gente. Pero a Denise le encantarían las tiendas de Milán, y Carlo y Lea tenían que hablar sobre el futuro de su hija. Además, desde el verano Lea volvía a pensar en su marido. Hacía veinte años, él le había rodeado la cara con aquellas manos suyas de gorila y le había prometido que la alejaría de la mafia y de todas las matanzas, y Lea se lo había creído, sobre todo porque él mismo parecía creérselo. Lea llevaba aún una pulsera y un collar de oro que Carlo le había regalado en aquella época. Tampoco había duda de que él quería a su hija. Lea pensó que tal vez Denise tuviera razón. Quizá los tres pudieran empezar de nuevo. La idea de que la amabilidad de Carlo pudiera formar parte de un plan elaborado para sorprenderla con la guardia baja era demasiado descabellada; había maneras más fáciles de matar a alguien.

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