Opinión


Los mordiscos a la vanagloria jamás cicatrizan: Christopher Domínguez Michael

Los mordiscos a la vanagloria jamás cicatrizan: Christopher Domínguez Michael | La Crónica de Hoy

El poder del crítico procede de su paso por la tierra fértil de un pecado: la vanidad, antigua vanagloria. No creo que un crítico pueda, realmente, destruir una reputación. Logra hacer algo más peligroso: herir una vanidad. Los daños a la reputación son reparables. Pero los mordiscos a la vanagloria jamás cicatrizan, por más fasto que sea el destino mundano de la víctima. Y a mayor reconocimiento público, más duelen esas viejas y pequeñas heridas”, con estas palabras Christopher Domínguez Michael, integrante de El Colegio Nacional, se refiere a la profesión a la que ejerce.
La producción ensayística del periodo de 1984 a 1998 del crítico literario es el contenido del primer tomo titulado Ensayos reunidos de Christopher Domínguez Michael, novedad editorial de El Colegio Nacional que incluye los prólogos a la Antología de la narrativa mexicana del siglo XX, recoge algunos de los artículos provocadores que compusieron Servidumbre y grandeza de la vida literaria, y cierra con “Elogio y vituperio del arte de la crítica”, primera deontología escrita por el autor.
Ensayos reunidos. 1984-1998 contiene capítulos como “Sobre la situación moral que el joven escritor mexicano ocupa actualmente (1984)”, “Notas sobre mitos nacionales y novela mexicana 1955-1985)”, “La muerte de la literatura política (1985)”, entre muchos más. El ensayista, historiador y crítico literario narra en el apartado “La fiesta inolvidable de los modernos. El mantel de los acontecimientos”, algunos recuerdos de infancia, sobre los que compartimos el siguiente fragmento.
Hacia 1971 mi condiscípulo Alonso García Chávez me convidó a comer un domingo en su casa, no sin antes advertirme que su padre era Poeta. Quizá ésa no era la primera ocasión en que escuchaba esa palabra, pero la reverencia filial con que fue pronunciada me inquietó de antemano. Y, en efecto, aquel día vi por primera vez a un poeta de carne y hueso. Recuerdo a Jaime García Terrés esperando con gravedad a sus invitados en el centro de su vasta biblioteca. Cuando hubo de pasar a la mesa resultó que la precedía don Ignacio Chávez, abuelo de Alonso, personaje cuya importancia capital para el México moderno me era desde luego desconocida, de tal forma que lo que me impresionó rotundamente fue la mantelería. Mi asombro creció cuando, ayuno de toda experiencia mundana, descubrí que más de diez cubiertos de desiguales proporciones y misteriosas utilidades rodeaban mi plato. 
Yo contaba con nueve años de edad y, educado en las aguas bravas de la contracultura, ignoraba toda noción de etiqueta. Pero decidí averiguar de inmediato los usos de cada uno de los cuchillos y cucharas que ya entonces desordenaba con las manos. Fue así como interrumpí la conversación de quien encontré más dispuesto a atender mi perplejidad y ése fue don Ignacio Chávez, quien dispensó el majadero tuteo que utilizó aquel rapaz de escuela activa, y con infinita paciencia me brindó aquella primera lección de etiqueta elemental que por desgracia olvidé. Así fue como en un mismo domingo conocí a un poeta que años después me encargaría la confección de mi primer libro, y escuché la cátedra de disección que el doctor Chávez me dio sobre el asunto de los cubiertos. Desde entonces la poesía y las buenas maneras me parecen nociones empáticas cuya comunión nació ante mí sobre los manteles blancos de Jaime García Terrés.
Domínguez Michael, autor de Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2011) (2007 y 2012), plasma en Ensayos reunidos. 1984-1998 su punto de vista sobre la obra literaria de autores como Juan Rulfo Juan García Ponce, Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes, Francisco Tario, Adolfo Castañón, Enrique Serna, Pablo Soler Frost, Guillermo Fadanelli, Francisco Hinojosa y José Manuel Rivas, entre otros escritores. 
“Las comparaciones son odiosas: Pero los críticos somos odiosos porque comparamos. Sin principio de analogía no hay ética”, afirma el colegiado, que más adelante, en las páginas dedicadas a “José Manuel Rivas (1963-1996)”, expresa:
Y José Manuel me dejó, en fin, la herencia más preciosa que un editor puede regalarle a quien entonces era para él un desconocido, aquello que sólo dona un joven maestro del espíritu a un contemporáneo suyo. Esa herencia es el manuscrito de mi novela que él anotó con paciencia, irritación y absoluta entrega, meticulosa muestra de oficio en un mundillo literario plagado de zafios, analfabetas y mercaderes. Quedan pocos editores como él entre nosotros. José Manuel de Rivas era vital para una tradición moribunda que en su persona llevaba una Promesa de resurrección. Descanse en paz.
Ensayos reunidos. 1984-1998, publicado por El Colegio Nacional, se encuentra disponible en librerías y en libroscolnal.com

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