Opinión


Ministro y político: el otro Manuel Payno

Ministro y político: el otro Manuel Payno | La Crónica de Hoy

“Paynito”, le decían de chamaco, para distinguirlo de su padre, don Manuel Payno y Bustamante. No eran una familia adinerada, pero tenían relaciones sociales que, andando los años, el muchachito procuraría aprovechar. Talento tenía, y lo aplicó a  diversas empresas, que lo llevaron lo mismo a ser ministro de Hacienda, diplomático, periodista y escritor. 

Aquel niño, nacido en 1820, estaba llamado a formar parte de aquella generación que dejó huella al sentar las bases del Estado moderno, aunque nunca fue clasificado en el grupo de los liberales radicales, los “puros”. Hoy, los estudiosos de aquella época decisiva consideran que Manuel Payno y Cruzado era lo que puede llamarse un “liberal moderado”, que, además de escribir novelas que hasta hoy le sobreviven, participó en algunos sucesos que cambiaron la historia del país.

El padre, Payno y Bustamante, era un funcionario de la hacienda pública que, si bien no llegó a ministro en esos, aquellos primeros años del México independiente, sí era un hombre versado en la gestión de los recursos de la patria, y en algunas ocasiones fue diputado. Si le hacemos caso a uno de los grandes amigos de Payno hijo, Guillermo Prieto, en el hogar familiar educaron a Manuelito “para ser Ministro”, cosa que tal vez resulta inexacta, pero que sí habla de la preocupación paterna por darle a su vástago una buena formación, que empezó a los 13 años, cuando lo enviaron a estudiar en el Colegio de Jesús, que equivalía a hacer estudios profesionales, donde, a pesar de que no adquirió el grado de bachiller, sí estudió filosofía, economía política, literatura, historia, francés y dibujo.

Al mismo tiempo, Manuelito empezó a trabajar: probablemente, con la intervención de su padre, laboraba como meritorio –empleado sin sueldo, que hacía méritos para, algún día, ser contratado- en la Dirección General de Rentas de la ciudad de México. Ahí, la administración pública se volvió real. En ese mismo lugar, conoció a Guillermo Prieto, dos años mayor que él, y que también era meritorio. Los dos muchachos se hicieron amigos para el resto de sus vidas, y en aquellos años formativos, y por lo tanto fundamentales, empezaron a respirar un ambiente liberal: Guillermo, por su cercanía con el insurgente Andrés Quintana Roo,  Manuel por su entorno familiar y el Colegio de Jesús.

Fue precisamente en esos años en que Payno padre decidió adiestrar a su hijo y al jovencito Guillermo, a quien le cobró cariño,  en las complejidades de la administración pública: los puso a estudiar economía aún antes de que existiera una disciplina con ese nombre. No tendría mala mano don Manuel Payno y Bustamante, porque ambos chicos, que eligieron  el periodismo y las letras entre sus diversas rutas de vida, llegarían a ser ministros de Hacienda en épocas complejas.  A los dos chamacos, el competente funcionario los sometió a una intensa formación:  los hizo “leer y releer a Canga y Argüelles [tratadista afamado en materia económica], la ordenanza de Intendentes, Ripia de Rentas Reales, y los muchos y buenos informes de don Ignacio de la Barrera sobre alcabalas”. Las alcabalas eran el instrumento recaudatorio más importante en el país, heredado del orden virreinal,  y para conocer las tripas del erario se necesitaba conocer de ello mucho y bien.

Guillermo Prieto cuenta que, desde jovencito, “Paynito” gustaba de moverse en los altos círculos sociales. Aunque no era rico, el prestigio de su padre, y las posiciones políticas le abrían las puertas de la élite del México capitalino de la primera mitad del siglo XIX. Simpático, decidor, amable y agudo, trabajaba en la Dirección General de Rentas, iba al teatro, a los cafés y a las tertulias de moda, y pronto se unió a aquella, la primera república de las letras de la nación independiente, que fue la Academia de Letrán.

¿Cómo era “Paynito? Su amigo Prieto lo describe: “Su buena letra y su expedición para los negocios, así como su finura general y el influjo de su ilustre padre, le hacían estimable en la oficina, y su buen decir, su amabilidad y talento le abrían campo en la buena sociedad. Era Manuel de color apiñonado, de cabello negro sedoso, de ojos hermosos de sombría pestaña, esmerado en el vestir, pulcro en sus maneras, y de plática sabrosa y entretenida. Pero lo que llamaba la atención eran ciertas excentricidades que le hacían singular en extremo… jugaba con las señoras ancianas a la baraja, les hacía suertes a los chicos, y era la admiración y el encanto de las polluelas… disponía [organizaba] tertulias y frascas con jóvenes de buen tono de su tiempo”.

Después de años de meritorio, el muchacho dejó de ser “Paynito” y empezó a abrirse camino. Como empezó a trabajar desde los 13 años, tenía 19 cuando obtuvo una plaza como oficial sexto de la Aduana Marítima de Matamoros, y hasta allá se trasladó. En Matamoros conoció al comandante del Ejército del Norte, el general Mariano Arista, quien lo designó su secretario particular al tiempo que Payno seguía en su plaza aduanal. En esos días, incluso, Arista le dio grado de teniente coronel.

Son años en que la pugna entre el federalismo y el centralismo provocan abundantes conflictos en todo el país. Entonces, conoció por primera vez la cárcel por publicar sus ideas, a favor del federalismo y “de la libertad”. Aunque no se conoce aquel primer artículo político, Payno entró en la ruta de la política vinculada al periodismo.

Regresó en 1841 a la capital, y tomó dos decisiones importantes: una, unirse a una tertulia en casa del ex presidente Manuel Gómez Pedraza, donde serían visitantes frecuentes el abogado Mariano Riva Palacio, José María Lafragua e Ignacio Comonfort. A todos ellos también se les iba a llamar liberales moderados.

La otra gran decisión, fue buscarse el sustento y la fama pública en el periodismo. Ingresó a la redacción de un periódico joven y sólido, El Siglo Diez y Nueve, propiedad del organizadísimo impresor jalisciense Ignacio Cumplido. También, y aliado con Guillermo Prieto, armaba otra publicación, el Museo Mexicano.

A diferencia de su amigo Guillermo, que se metió por completo en la vida periodística, Payno tuvo, a edad temprana, cargos que le permitieron asomarse a muchos escenarios de la vida social que después serían materia de sus novelas. En el empleo de Matamoros, pudo conocer el norte, y los fenómenos de corrupción que muchas veces se daban en las aduanas. Lo nombraron secretario, cuando tenía 22 años, de la legación para las Repúblicas del Sur de América y el Imperio del Brasil. Aceptó, pero antes de emprender aquel largo viaje, renunció al puesto para aceptar un empleo en la Dirección General del Tabaco, en Zacatecas, que resultó mejor pagado, porque la administración del monopolio del tabaco era una de las entradas fuertes al erario,

Pero el joven Manuel duró apenas un año en el puesto –su amigo Guillermo era también visitador [inspector] de tabaco, y juntos volvieron a la capital. La política, siempre la política daba sobresaltos a la vida cotidiana, y es probable que la brevedad de los empleos de aquel par de muchachos se debiera a que todos los empleados eran de filiación federalista, cosa que no gustaba al presidente, con miras centralistas de aquel momento: Antonio López de Santa Anna.

Prieto cuenta que fue un regreso miserable, sin dinero y sin aparente futuro. Ambos jóvenes se refugiaron en la redacción de Ignacio Cumplido. Ese sería el trampolín para que sus destinos se unieran a la transformación del país. (Continuará)

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