Opinión


Negro, el color de la injusticia

Negro, el color de la injusticia | La Crónica de Hoy

Todos los hombres son creados iguales” dice la famosa frase estipulada en la Declaración de Independencia de Estados Unidos. Sin embargo, desgraciadamente, en la práctica y la vida diaria eso no parece ser la realidad.

Éste es un país donde reina la desigualdad entre sus habitantes. Un factor decisivo que llevó a la muerte en manos de la policía a George ­Floyd en Minneapolis, considerada la cuarta peor ciudad en Estados Unidos para los de raza negra, no sólo por la segregación que prevalece, sino por el trato que reciben de las fuerzas del orden.

Esta vez la respuesta y reacción no se hizo esperar y se desencadenaron las protestas y disturbios de los últimos días. Manifestaciones de indignación que se extendieron a más de 150 ciudades con la participación de miles de personas, no sólo afroamericanos sino de todas las razas, hartos y cansados del racismo.

Porque no sólo es el caso de este hombre de 46 años, al que la policía detuvo luego de que intentó comprar cigarillos con un billete de 20 dólares supuestamente falso y quien fue tirado al pavimento con uno de los oficiales apretándole el cuello con su rodilla durante nueve minutos a pesar de que clamó más de diez veces que no podía respirar.

Los afroamericanos no sólo son maltratados y humillados más que el resto de la población cuando cometen un delito, sino que con frecuencia son acusados y señalados sin cometer fechoría alguna. Sólo por el color de su piel. La idea de que los hombres negros son delincuentes y criminales es una que por generaciones ha prevalecido en la sociedad estadunidense y rara vez tiene consecuencias. Es simplemente parte de la cultura.

Días antes de la muerte de Floyd, una mujer blanca, Amy Cooper, que paseaba con su perro en Central Park de Nueva York, llamó a la policía diciendo que estaba siendo amenazada por un afroamericano. El hombre, un graduado de Harvard experto en fauna, estaba ahí para observar aves y sólo le había pedido sujetara su perro con la correa, un requisito legal aquí.

Esa misma semana, una madre en Florida, Patricia Ripley, que se describió a sí misma como latina blanca, le dijo a la policía que su hijo, quien sufría de autismo, había sido secuestrado por dos hombres negros. Luego se supo, por sus propias contradicciones, que ella lo había matado, ahogándolo en un canal para deshacerse de él.

Otro caso muy conocido fue el de Susan Smith, quien en octubre de 1994 le dijo a la policía que a sus dos hijos, de uno y tres años de edad, se los había llevado un afroamericano junto con su auto. Eventualente la mujer confesó que había arrojado el vehículo a un lago con ellos adentro.

Y qué decir del joven negro, Emmett Till, de 14 años que en 1955 fue linchado y golpeado hasta morir, luego de que una mujer blanca lo acusó de haberla tocado y lanzado un silbido. En 2017, 62 años después, llena de remordimientos, la mujer admitió que había mentido. 

En todos esos casos, acusar falsamente a un hombre de color pasó sin castigo. Dos de ellas pagan condenas en la cárcel por sus asesinatos, pero señalar falsamente a afroamericanos siempre queda impune.

Igual con frecuencia queda impune el abuso. En 1991, en Los Ángeles, un transeúnte grabó la brutal paliza que cuatro policías le daban en plena calle a Rodney King, un hombre negro. Se sabía de la fuerza excesiva de la policía contra los afroamericanos, pero por primera vez había un video. Llevados a juicio, los cuatro agentes fueron declarados inocentes, veredicto que dio lugar a los más graves y violentos disturbios en la historia de California.

En contraste, estadísticas oficiales indican que el 32 por ciento de los hombres negros y 17 por ciento de los hispanos nacidos en 2001, seguramente irán a prisión en algún momento de sus vidas. Esto comparado con sólo 6 por ciento de los varones de raza blanca que terminarán en la cárcel.

Los afroamericanos constituyen sólo el 12 por ciento de la población total, pero son el 40 por ciento de los reos que están tras las rejas. Son también el 42 por ciento de los condenados a la pena de muerte.

Al frente del país, el president Trump nada ha hecho por cambiar la situación. Al contrario. En respuesta a las recientes manifestaciones, advirtió que “cuando el saqueo empieza, los balazos empiezan también” en una obvia referencia a la brutalidad policíaca y al racismo violento de la década de los 60.

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