Opinión


Santa, el primer best seller mexicano

Santa, el primer best seller mexicano | La Crónica de Hoy

Es octubre de 1903. Federico Gamboa, escritor, diplomático, es primer secretario de la embajada mexicana en Washington. Si conocemos a este caballero delgado, con creciente calvicie y bigotes impecablemente arreglados con las puntas hacia arriba, es por las muchas páginas escritas en su Diario, que aún hoy se puede leer en varios volúmenes. Es fuerza reconocer su impecable educación y su formalidad. Poco queda del joven escritor que, en su juventud gustaba de rondar los teatros, los burdeles y los bares, de toda condición y nivel, en la ciudad de México. No, ya no es “Pajarito”, como le conocían sus amistades femeninas y compañeros de correrías. No. Pero don Federico, al mismo tiempo que sirve a la Patria, se ha ido labrando una reputación como escritor. Y ese día, 27 de octubre, está contento, aunque no sabe que en ese momento, está entrando a la gran historia de las letras mexicanas.

Gran día”, anota en el Diario: “Llegaron de Barcelona los primeros ejemplares de Santa. Catorce tomos, de lujo, al igual de todos y cada uno de mis libros anteriores, deléitanme con su olor a papel nuevo e impreso, con sus hojas por cortar, con sus portadas flameantes, en las que el nombre del autor, a la cabeza de la página, es un desafío, un reto noble al público, a los envidiosos, y a los impotentes…”.

Se solaza don Federico con ese su libro nuevo: Santa, la historia de aquella muchacha campesina, de ese pueblecito cercano a la ciudad de México, pegadito a San Ángel, que es Chimalistac. El escritor ha querido dejar en las páginas de esa, su nueva novela, un retrato de lo que era el Pedregal, un reflejo de la gran Fiesta de las Flores, ahí, a pocos pasos del viejo convento sanangelino, habilitado en parte, después de la guerra de Reforma, como cuartel.

En esas páginas está la gran fiesta de la Feria de las Flores, con la multitud desparramándose por la Plaza del Carmen y hasta por San Jacinto… y en ese mundo que aún tiene enormes espacios silenciosos, donde los arroyos corren rebosantes de agua transparente y limpia, y los pueblerinos se ganan la vida en el campo, o como obreros de las fábricas cercanas, coloca Gamboa a su heroína, la lleva a enamorarse de un militar que, no bien la seduce, pierde interés en ella, y la abandona. Y la muchacha, que responde al nombre singular de Santa, se muere de dolor y luego de ira y de desesperanza, cuando su madre y sus hermanos, al enterarse de una pasión y un embarazo malogrados, la arrojan de su casa, y la echan del Paraíso, al mismo tiempo. Y como corresponde –cree la muchacha- a la moral de su tiempo, y en este país que se ha acostumbrado a vivir a la sombra de don Porfirio Díaz, sólo le queda un camino: irse a una casa “de mala nota”, a venderse, a convertirse en una víctima más de una época en la que las mujeres se abren paso con mucho esfuerzo, y las pocas que pisan una universidad han de afrontar desde críticas despiadadas y descalificaciones hasta bloqueos brutales.

Como finalmente, don Federico Gamboa es un caballero del siglo XIX no puede imaginar para Santa otro destino que el usual para aquellas pobres mujeres orilladas a prostituirse; el burdel, la prisión, el hospital, el cementerio, y la más atroz soledad que atraviesa los días, los años que duren esas existencias desdichadas.

Gamboa, que admira profundamente a Emile Zola, que ya ha escrito otras historias que, en su patria, se califican, delicadamente de “atrevidas”, no sabe que, con Santa, se consagra como escritor, y más aún, acaba de lanzar al mundo, nada menos que el primer best seller  mexicano.

DE DÓNDE SURGIÓ SANTA

¿Cómo llegó Federico Gamboa a construir aquella novela, que, hoy por hoy, todavía se reimprime y se vende? En el último año de su vida dirá que Santa no es una sola mujer: son muchas, extraídas de sus recuerdos, de sus correrías. Unos ojos “como de venada”, un cuerpo espléndido, esa historia de tristeza y soledad repetida por millares a lo largo de los siglos.

Hay, sin embargo, un incidente que lo lleva a reflexionar en lo doloroso de la existencia de tantas mujeres que cada jornada se pintan en el rostro una máscara de despreocupación y de frivolidad, de la que muy pocos alcanzan a percatarse, y muchos menos a asomar en lo que hay debajo, como lo hará el célebre ciego Hipólito, el único que querrá bien a Santa, tal y como es.

Un incidente que lo lleva a pensar en la triste suerte de las prostitutas. Un amigo, Jesús F. Contreras, le avisa, una mañana de marzo de1897 que una prostituta amiga, Esperanza Gutiérrez, española y apodada “La Malagueña”, está muerta. La asesinó otra muchacha, María Villa. Contreras tiene el impulso de ir al anfiteatro del viejo Hospital Juárez, a ver el cadáver de la pobre muerta. Gamboa, en silencio, lo acompaña. Después anotará: “…reposaba la Malagueña, en desnudez absoluta, sin tentaciones, desnudez de cadáver, los pies exangües, tirando a marfil viejo, las carnes exúberas manchadas de sangre….” Contreras dibuja a la muerta, el escritor la graba en sus recuerdos.

Pasa el tiempo. Diplomático en Guatemala, Federico Gamboa anota en su Diario: es el 7 de abril de 1900, y comienza la escritura de una nueva novela: se llamará Santa.

LOS MEXICANOS SE ENAMORAN DE SANTA

En febrero de 1902, Gamboa termina su novela. Ese día, “…alcanzó término y remate, la novela de mi pobre pecadora Santa… si a augurios vamos, el libro vivirá… notificada mi mujer de la terminación de mi obra, va hasta mi mesa, sirve dos copas, y solos ella y yo, brindamos porque Santa llegue a vieja y con la narración de su endiantrado vivir, nos agencie montañas de pesos…

Como es sabido, Santa sí llegó a vieja, aunque no generó las montañas de pesos que Gamboa y su esposa, María Sagaseta, hubieran querido para sostener su vejez.

Pero, indiscutiblemente, la novela triunfó desde un principio.  Las críticas son dispares. El tema, para 1903, es desde luego atrevido. No faltará quien lo califique de “soez libraco”. Pero se vende.  Mientras personajes como el periodista y médico Luis Lara Pardo, o el escritor José Juan Tablada critican abierta o veladamente al libro, los mexicanos lo hacen popular de inmediato. No les importa que los malquerientes de la novela digan que se trata de un intento por hacer una “Naná” mexicana y no mucho más.

A fines de 1903, la familia le escribe a Gamboa: Santa triunfa, se discute sobre ella en público, y se vende consistentemente mientras la prensa se abstiene de publicar acerca de la novela. El autor se entusiasma cuando se da cuenta de que los primeros ejemplares que llegan a Guatemala se agotan en una semana. Pasan los meses para que reciba la bonita suma de 500 pesos por regalías.

No obstante, el escritor jamás logrará cumplir su sueño: vivir única y cómodamente de su trabajo literario.

Los coqueteos políticos de don Federico lo llevan a formar parte del gobierno huertista y hasta atreverse a ser candidato presidencial por el Partido Católico. En 1914 se exilia en Estados Unidos, y a poco de volver a México, en 1919, enviuda.

Gamboa vivirá 20 años más, pero su brevísimo paso por el huertismo, él que fue funcionario y diplomático porfiriano, orgulloso de serlo, lee cuesta el ninguneo y la pobreza.

Sin embargo, Santa vive, vive y triunfa. Su creador alcanza a verla dos veces en el cine: una, en el filme silente de 1918, y luego, en la versión sonora, con Lupita Tovar y con música de Agustín Lara (que mucho sabía de burdeles), en 1931. Tan poderosa era la historia, que en 1923, la placita de Chimalistac es renombrada Plaza Federico Gamboa, y algunas de las calles circundantes reciben nombres de los personajes de la historia.

En 1939, año de la muerte de Gamboa, Santa había vendido nada menos que 62 mil ejemplares desde el año de su publicación. Para un país donde más de la mitad de la población era analfabeta, era todo un triunfo.

El dinero que Santa aportó a su autor siempre fue a dulce goteo, En cambio, la popularidad de Gamboa era rotunda: la gente lo reconocía en la calle, le pedían entrevistas, fotografías y reportajes en Chimalistac. Alguna vez, el célebre reportero Jacobo Dalevuelta se lo llevó al pueblito –de hecho, unos pocos meses antes de que muriera el escritor- en un empeño por que le mostrara a “la verdadera Santa”.

Federico Gamboa murió en la pobreza. No cobraba sus clases en la Escuela Libre de Derecho, como manda la tradición institucional. Vivía de sus clases en la Escuela Nacional Preparatoria, en la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, e algunos artículos periodísticos, y algunos pesos que aportaba Santa. Decía, muerto de risa, que era extraño que un anciano porfiriano como él viviera sus últimos años a costillas de una mujer pública, a la que amó entrañablemente: ella lo volvió inmortal.

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