Opinión


Un sistema de selección exigente

Un sistema de selección exigente | La Crónica de Hoy

 

En estas semanas en que por la pandemia he tenido que estar todo el día en la oficina, ya que todo ocurre ahora en forma virtual, he presenciado muy de cerca el complejo sistema de selección que se sigue en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán para la admisión de residentes a especialidades médicas, ya que la oficina de enseñanza es contigua a la mía. Esto me ha traído el recuerdo de la época en que nos tocó a nosotros pasar por ahí. Fue uno de los años más estresantes de mi carrera. 

El Instituto goza de un prestigio bien ganado a lo largo de los años de ser un centro de excelencia en la enseñanza de la medicina. Tanto a nivel de pregrado, como especialmente de posgrado. Ser residente de medicina interna o de cirugía (y de otras especialidades) en el Instituto es el sueño de cientos de estudiantes de medicina y lograrlo, inmediatamente pone muy alto al médico ante los ojos de los demás. El sistema de selección es a su vez, el que ha hecho al Instituto tener la calidad que tiene en la medicina que aquí se practica, ya que a lo largo de las décadas, el Instituto ha ido nutriendo sus filas con los especialistas que fueron residentes en el mismo. 

El Instituto ofrece un cierto número de plazas para cada especialidad. En el caso de medicina interna, que es quizá la más famosa de todas, hasta el año pasado ofrecía 30 plazas para ingreso. La residencia dura cuatro años, así que tenemos 120 residentes de medicina interna. Dada la exigencia académica del Instituto, apenas se dan abasto. El sistema de selección está dividido en dos partes. Se presentan a examen 300 aspirantes, de los cuales alrededor de 40 pasan a una siguiente fase y finalmente, solo 30 son aceptados, lo que significa que ingresa el 10%. Sin embargo, la competencia es más ruda de lo que parece, porque hay un filtro anterior. Para tener derecho a examen, el promedio general que debe mostrar el estudiante durante la carrera es de 8.6, ajustando por escuelas que tienden a dar calificaciones bajas. Es decir, debe de ser de los estudiantes más destacados de su generación. Por lo tanto, compiten los mejores estudiantes del país y para acceder a la segunda etapa se debe estar entre los mejores 40 exámenes. 

Hay que agregar que el examen es particularmente difícil, porque consiste en una serie de enunciados sobre conceptos médicos en los que solo se puede responder si es “verdadero”, si es “falso”, o “no se”. Parece ocioso, pero si hay una disciplina en la que aceptar no saber es de particular importancia, es en la medicina, ya que estamos trabajando con vidas humanas y, reconocer no saber algo, es el único motor real que hay, primero para buscar ayuda y luego para procurar aprenderlo. Una respuesta mala conlleva a restar a una buena. Por ejemplo, si de 300 preguntas el alumno contesta 150 bien, pero 150 mal, entonces su calificación es 0. Si contesta 150 bien y 150 como “no se”, entonces su calificación es 5.

Los aspirantes de los mejores 40 exámenes pasan a una segunda fase que consiste en diversas entrevistas y exámenes psicológicos para determinar, qué tanto el perfil de cada uno se ajusta al exigente programa del Instituto y de ahí, se definen 30 que son aceptados. Dado que son los mejores estudiantes del país, no es infrecuente que al momento de iniciar la residencia, uno o varios decidan no hacerlo, porque han sido aceptados en otro lugar, generalmente del extranjero, al que prefieren migrar, con lo que se abre la opción para quien seguía en la lista y así poder acceder a la residencia. Mi admiración por los Doctores Sergio Ponce de León y Rodolfo Rincón, Director y Jefe de Enseñanza en el Instituto, quienes tienen a cuestas esta gran responsabilidad y la han sabido llevar de manera extraordinaria desde hace algunos años. 

Corría el año de 1984 mientras realizábamos el servicio social de la carrera de medicina y, mis entrañables compañeros de la UNAM y yo, soñábamos con ingresar al Instituto, estudiábamos de sol a sol y pasábamos los días angustiados con la posibilidad de que no fuéramos aceptados. En ese entonces había 13 plazas para 130 aspirantes. Competían amigos de la talla de Dan Schuller, Rubén Niesvizky o Leticia Quintanilla, los mejores estudiantes que he conocido. Además, de otras universidades vendrían estudiantes de muy alto nivel, aunque si hubiera sabido entonces que competiríamos con un tal Eduardo Carrillo, el terror hubiera sido mayor. Lo bueno es que a Lalo solo podían darle una de las 13 plazas, por lo que los demás nos tuvimos que pelear las 12 restantes. Nuestra carta de aceptación está fechada el 22 de noviembre de ese año y firmada nada menos y nada más que por el Dr. Rubén Lisker.

Es interesante que a lo largo de los años, a quienes nos hemos quedado en el Instituto nos ha ocurrido lo mismo. Al terminar la residencia pasamos por un período en que por algo de soberbia y juventud, nos da por pensar que los residentes de nutrición “ya no son tan buenos como lo éramos nosotros”, pero unos cuantos años después, ya con la madurez y el buen juicio y en muchos casos, después de haber sido atendido por algunos de ellos, todos constatamos y decimos con orgullo que los residentes de Nutrición son los mejores del país.

El Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán es la Institución modelo que es, en parte, porque hay una competencia real y seria para ingresar. El sistema funciona bastante bien. No acepta presiones o recomendaciones de personajes poderosos. La comunidad del Instituto lo sabe y se abstiene de tratar de intervenir en el asunto. No es demagógico. No es por votación. No se gana una plaza sin tener el nivel, por que se es popular. No se puede acceder si no se ha demostrado ser de los mejores. Si ese nivel de exigencia se aplicara para el acceso a muchas otras posiciones, la calidad de lo que se hace en ellas sería mucho mejor. 

Dr. Gerardo Gamba

Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán e 

Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM.

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