Opinión


Una autocracia electa

Una autocracia electa | La Crónica de Hoy

La democracia está en entredicho. El presidente de la República ha impuesto un modelo de comunicación no democrático que concede al Ejecutivo la facultad de dirigirse diariamente a todo el país en cadena nacional, durante horas, sin que sus críticos tengan oportunidad de responder con el mismo mecanismo.  

No hay equidad en la comunicación, en cambio, hay un monopolio presidencial de la palabra lo cual apunta a una tiranía del discurso. México está viviendo --o padeciendo-- una auténtica autocracia que, de persistir, nos puede conducir, en poco tiempo, a una grave crisis de convivencia.   

En sus declaraciones diarias, el presidente coarta la libertad de expresión: amenaza, juzga, insulta y descalifica a quienes lo critican. En otras palabras, ahonda la división entre los mexicanos. Su reacción –desproporcionada, delirante-- ante un desplegado de intelectuales, revela cuan poco le interesa realmente el pueblo, que, a la postre será quien pague los platos rotos. 

La razón de ser de la deliberación pública es, precisamente, que se construyan consensos sobre la base del diálogo, la razón y el bien común, es decir, que se delibera para que los desacuerdos no conduzcan a ahondar las diferencias que  eventualmente puedan derivar en luchas fraticidas.

El presidente no lo comprende así, reacciona sobredimensionando la crítica. Una vez más demuestra sus instintos anti-intelectuales y oscurantistas, instintos que se han reflejado en su crítica a los científicos, a los expertos, a los evaluadores, a los académicos, a los burócratas y demás grupos medios ilustrados.

El presidente no asimila la idea de que muchos de los intelectuales y profesionales que critica no han heredado un título nobiliario, sino que han llegado a su posición social mediante el esfuerzo, el trabajo y la perseverancia.

Entre ellos hay muchos hombres honestos pues la honestidad no es privativa del presidente o de quienes nos gobiernan. Los hay mucho más honestos que algunos personajes siniestros que integran el actual gabinete.

En su restringida visión, que todo lo politiza, el presidente niega que haya personas desinteresadas y neutrales respecto a las divisiones políticas. Pero hay que informarle que el desinterés no sólo es un valor fundador de la Universidad Mexicana, sino que es un valor que debemos apreciar más en un país que ha sido devorado –como correctamente él mismo lo denuncia—por los intereses personales.

El desinterés es un valor moral muy estimado por los escritores, los pintores, los músicos y, en general por los artistas. El mundo social no es un sistema que se reduzca a intereses políticos, como piensa, erróneamente, el presidente, el mundo es un sistema abierto, que para subsistir pide tolerancia y respeto.

Sorprendió a todos, la alusión que hizo recientemente López Obrador, a académicos que, en vez de ganar 30 mil pesos, como los demás, ganaban 1 o 2 millones de pesos. ¿Dónde? ¿Cuándo? Sería muy importante que el presidente abundara en ese tema y nos diera los pormenores de esos casos. Para la salud de las universidades y de México.

Obsesionados por estas querellas menores, volvemos la espalda a los problemas nacionales, a los estragos de la pandemia, al desastre económico, a los grandes problemas que exigen del Ejecutivo –aquí sí, no se le permite fallar-- respuestas acertadas y oportunas.

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