La Crónica de Hoy | Ballenas

Ballenas
Juan Manuel Gómez | | Fecha: 14-mar-02 | Hora de creación: 00:00:00 | Ultima modificación: 01:45:31
Dicen que soy un salvaje porque cazo ballenas. Tal vez tengan razón, pero qué más da que se extingan. Si pudiera ver lo que ellas ven, lo que han visto, no tendría que perseguirlas, matarlas y sacarles los ojos para ponerlos una noche entera sobre los míos y soñar así la callada noche interior...

Vuelo vertical
Vertical avanza
abriéndose paso entre la oscuridad.
La cerrada noche
se le pega a la piel
como un traje elástico;
penetra honda,
hurga el primer esmeril de sus blancas cicatrices.
Ni siquiera recuerda,
al sentir de pronto ese helado contacto,
cuál es el origen de los caminos y sus bifurcaciones,
‹arroyos, ríos, lagos enormes cristalinos,
diminutos remansos ennegrecidos donde
crece el loto‹,
ni el fin ni el centro
ni los escalofríos, corrientes eléctricas al fin,
ni la lágrima inútil
que terca brota y terca se separa del cuerpo,
oteando un miserable rayo de luz que la
haga ser lo que ha soñado, antes de chocar
con cualquier insignificante basurilla
y despedazarse.
Cae, sí, vertical,
pero lenta, muy lentamente.
Su desplazamiento es apenas un soplo,
una silenciosa palpitación
que se abre paso en la mar gruesa,
sin perturbarla.
Sola, una ballena estática,
completamente vertical,
acaso suspendida por imposibles cuerdas tirantes
o cinturones de acero
o sobre un potro.
Sola, mientras sus vértebras saltan,
una ballena descansa,
agotada, con los ojos cerrados
en medio de la noche abisal.
Tan hondo el mar es quieto,
sus aguas enrarecidas y turbias son como
el fango.
Tan hondo la luz no llega,
sus rayos se detienen, moribundos,
y desaparecen.
No hay arriba
ni abajo
ni viento.

El fotógrafo Herbert y su kayak
Sobre estas montañas de hielo
que flotan, que se hunden,
infinitas. Tocando el cielo rosáceo
y el fondo.
Sobre su fulgor aguamanil,
a través de su cuerpo transparente,
repleto de objetos
hace tanto tiempo olvidados.
Hielo
en capas superpuestas,
hielo
emergiendo sobre azules y frías aguas,
hielo,
rígidos haces de luz desplazan su lenta extinción,
jalando hacia abajo,
empujando el mundo hacia abajo.
De la montaña sumergida saltan astillas
a cada momento
aunque arriba aparentemente
haya sólo quietud y silencio
y los vientos encontrados
se esmeren por modelar su silueta.
Por fortuna mis ojos no verán
sino una impresión fotográfica
inalterable.
Nadie sino Herbert,
con su cámara y su kayak,
ha llegado hasta aquí.
Nadie, ni siquiera él,
sabe en lo que se ha convertido
este hermoso trozo de hielo
que huye de nuestros ojos
flotando a la deriva del tiempo.

Los ojos del Holandés
En sus enormes ojos,
cual si se tratara de tornasoladas bolas de cristal,
se reflejaban meses de solitaria espera
y fugaces momentos de crepitación.
"Pasa seis meses en un barco en las costas de Alaska", me dijo una chica. "Sólo viene por provisiones y para en el puerto tres días. Luego se va otra vez, otros seis meses. Estudia a una comunidad de ballenas."
Jamás pensé que El Holandés Errante hablara tan rápido ‹moviendo los hombros de arriba abajo‹ y tan bajo que resultara incomprensible. Quien sino él tendría algo qué contar, y sin embargo sólo era posible entender lo que se reflejaba en sus ojos gigantescos.
Imposible recordar su nombre
‹ese hombrón era como una brisna.
Podría no haber parado por aquí.
Podría no existir.
Podría incluso no haber abierto los párpados
para mostrar esos brillantes y fugaces fuegos:
las ballenas.
Imposible comprender sus palabras.
Imposible recordar su nombre, o su rostro,
pero no sus ojos.
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