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El 20 de febrero, Día Internacional de la Justicia Social, invita a reflexionar sobre las condiciones que impiden a las sociedades contemporáneas ofrecer formas de vida dignas, equitativas y plenas. Detrás de las estadísticas sobre desigualdad económica y exclusión política se esconde una patología más sutil, aunque profundamente corrosiva: el silencio del mundo. Hartmut Rosa, uno de los filósofos sociales más relevantes de la actualidad, sostiene que la aceleración y la lógica de disponibilidad han desgarrado nuestra relación con el mundo, volviéndolo un entorno mudo y opaco. Esta tesis ilumina, desde un ángulo novedoso, una de las preocupaciones centrales de Axel Honneth en Patologías de lo social: la alienación como una forma de privación moral y política. Si Honneth identificaba la ausencia de reconocimiento como una de las principales enfermedades de las sociedades modernas, Rosa nos permite ver que esta crisis de reconocimiento no es solo intersubjetiva, sino también existencial y ontológica.
Los debates contemporáneos sobre justicia social suelen centrarse en la distribución de recursos, derechos y oportunidades. Pero, ¿qué ocurre cuando, incluso en condiciones de mayor equidad material, la relación entre los sujetos y el mundo sigue siendo disfuncional? Rosa sugiere que vivimos en un tiempo marcado por la promesa de disponibilidad total: todo debe estar al alcance, ser predecible, controlable. Este principio, que estructura desde la economía hasta las relaciones personales, no ha hecho más que intensificar la insatisfacción y la precarización de la existencia. En un mundo que ya no responde con resonancia sino con indiferencia, la justicia social corre el riesgo de reducirse a una mera cuestión de acceso a bienes, sin atender el modo en que las personas se relacionan con ellos y con su entorno.
En Patologías de lo social, Honneth argumenta que las sociedades modernas han debilitado las estructuras de reconocimiento, lo que genera sujetos que no logran verse afirmados ni en el trabajo, ni en la política, ni en las relaciones afectivas. La injusticia social, en este marco, es la imposibilidad de ser visto y valorado como un igual. Rosa profundiza este diagnóstico al mostrar que el problema no es solo que otros sujetos nos nieguen reconocimiento, sino que el mundo mismo ha dejado de interpelarnos. Un trabajador que experimenta su empleo como una serie de tareas mecánicas, una comunidad que percibe su entorno como hostil o carente de sentido, una política que se ha convertido en un simulacro burocrático, son síntomas de este silenciamiento. En este sentido, la crisis de la justicia social no es solo distributiva o política, sino que está vinculada con la capacidad misma de los sujetos de establecer relaciones significativas con su entorno.
Si la injusticia social no es solo una cuestión de desigualdad material, sino de una relación rota con el mundo, entonces la justicia social debe incorporar un principio adicional: la resonancia. Rosa define la resonancia como aquella relación en la que el mundo responde, nos afecta y transforma. Una sociedad justa no es solo aquella que garantiza derechos y recursos, sino aquella que permite a las personas habitar un mundo que no les sea indiferente. Este criterio obliga a repensar muchas de las soluciones actuales: no basta con redistribuir ingresos si el trabajo sigue siendo una experiencia alienante; no es suficiente ampliar la participación política si la ciudadanía percibe sus instituciones como distantes y sin vida.
El Día Internacional de la Justicia Social no puede limitarse a una discusión sobre ingresos, acceso o derechos formales. La verdadera justicia social debe abordar el problema del mundo mudo, del agotamiento existencial que genera un entorno donde todo es accesible, pero nada resuena. Honneth señaló que la injusticia se gesta en la negación del reconocimiento; Rosa añade que esta negación se ha expandido más allá de lo interpersonal, afectando la estructura misma de nuestra relación con la realidad. Si queremos una justicia social plena, necesitamos no solo un mundo más equitativo, sino un mundo que vuelva a hablarnos.
Como sostiene Honneth, “la alienación moderna no es solo una falta de reconocimiento, sino una patología estructural de la sociedad” (Patologías de lo social, 2000, p. 53). En este sentido, Rosa complementa esta idea al afirmar que “una sociedad sin resonancia es una sociedad que ha perdido su capacidad de afectarnos y de ser afectada por nosotros” (Lo indisponible, 2020, p. 48). Ambas perspectivas nos llevan a una conclusión ineludible: la lucha por la justicia social debe ir más allá de la redistribución y la participación política. Debe orientarse a reconstruir nuestra relación con el mundo, a devolvernos un entorno que nos hable, nos responda y nos permita sentir que nuestra existencia no es insignificante.
Referencias
Honneth, A. (2000). Patologías de lo social. Tradición y actualidad de la filosofía social. En “Crítica del agravio moral” (pp. 11-69). Suhrkamp.
Rosa, H. (2020). Lo indisponible. Buenos Aires: Katz Editores. (pp. 35-63).