
un cuando en México “raramente” se habla de la existencia de una cultura de la lengua, existe entre la gente un gran interés por conocer su interior, “por verla no solamente como un instrumento, que lo es, sino también por conocer todas las virtudes y novedades que hay dentro de ella”, sostuvo el lingüista Luis Fernando Lara, miembro de El Colegio Nacional.
Al dictar la conferencia “Las dificultades de la etimología”, con la que inició el ciclo Historias de palabras. La cultura detrás de las palabras, el colegiado explicó que el objetivo de la serie es “exponer algunas historias de palabras para contribuir a nuestra cultura de la lengua y despertar el interés por su estudio, tanto entre jóvenes que deseen hacer de la lingüística su profesión, como, más allá de la especialización en este campo, en el amplio ámbito de la historia de la cultura y la civilización”.
Toda lengua, afirmó, “tiene por principio la historia de sus palabras en la medida en que la comunidad de sus hablantes conserve la memoria de sí misma y sea capaz de transmitir su conocimiento a lo largo del tiempo, de una generación a otra”.
Pero, “si esa memoria no cuenta con un medio de conservación, puede decaer con el paso del tiempo y perderse, como ha sucedido con la de muchos pueblos de la Tierra. Para conservar la memoria, la escritura es el medio por excelencia”.
Lara ejemplificó que el sistema ideogramático de escritura del chino “requiere una enseñanza larga y erudita, que enseñe a interpretar sus trazos y a reconocer en ellos los significados de sus palabras”. Su complejidad exige que un estudiante de secundaria aprenda al menos mil quinientos ideogramas, mientras que, en el español, “con veintidós letras nos las podemos arreglar”.
Otro caso complejo es el de la escritura maya, “cuyo desciframiento ha costado muchísimo trabajo, tanto por las características de sus ideogramas, como por la interrupción de la continuidad histórica de la memoria maya, debido a la conquista”.
De esta manera, dijo el lingüista, “la invención de la escritura alfabética fue resultado de un largo proceso de adaptación y evolución de más de tres mil años de antigüedad, iniciado en Mesopotamia”.
Estos sistemas de escritura “transmiten el sonido de la palabra, es decir, el significante, término técnico que usamos en lingüística; a partir de él, se llega a reconocer su significado. Son los que nos han permitido conservar la memoria de las palabras y reconstruir sus largos procesos de evolución en muchas lenguas, como elgriego, el árabe, el latín y las lenguas modernas de Occidente”.
Pero, advirtió, “la gran mayoría de las lenguas de la Tierra no se escriben, lo que nos impide conocer su historia. Esa dificultad, o más bien, esa imposibilidad, es la que impide realizar estudios históricos, especialmente de las lenguas amerindias mexicanas”.
Aun estableciendo “las mejores hipótesis” acerca del origen de una palabra, “no siempre es posible determinarlo con absoluta exactitud”. En esos casos, “es necesario observar su desarrollo a lo largo de la historia, notar sus variaciones, los diferentes procesos metafóricos que se dan en ellas y las maneras en que cada sociedad, en su propia época, las modifica según sus necesidades de conocimiento y expresión”.
“Eso es lo que constituye la historia de las palabras. Como era de esperarse, esta comienza con un proceso etimológico, es decir, con la búsqueda de su origen, de su primera aparición en la memoria humana”, sostuvo.
La lengua, fruto de un cultivo
“La historia de las palabras comienza con la pesquisa etimológica, pero continúa explorando los múltiples caminos por los que la palabra originaria cambia de forma, adquiere nuevos significados, se transmite de una lengua a otra y se integra al acervo de la memoria lingüística. Esta, a su vez, es el único medio por el cual un pueblo o una sociedad pueden perdurar en el tiempo y apropiarse de su propio destino”. Una lengua, agregó el colegiado Luis Fernando Lara, “no es una aparición silvestre e instantánea, sino el fruto de su cultivo: cultura de la lengua”.
Encontrar la etimología de los vocablos, señaló, no es una tarea fácil: “Requiere largas pesquisas en documentos antiguos, comparaciones entre lenguas de la misma familia o del mismo tronco, cuidadosos estudios de la escritura de los textos, conocimiento de la historia de los pueblos, apoyos antropológicos y arqueológicos...”.
“Con la consolidación de la lingüística, que ha dado lugar a varias teorías del lenguaje, a métodos de observación y de comparación, y a hipótesis ajustadas a los valores del empirismo, la etimología pasó a formar parte del campo más amplio de la historia de las palabras. Esta clase de investigación es la que podemos llamar etimología científica. No obstante, el interés por la búsqueda de transparencia de los significados de las palabras ha dado lugar a la aparición de lo que se bautizó, desde el siglo XIX, como etimologías populares, o etimologías de aficionados”.
El método que subyace a los intentos de esta etimología “no es otro que el de la analogía, el parecido o la semejanza, un procedimiento bien conocido y estudiado desde los primeros gramáticos. Si la mera semejanza o analogía no alcanza para encontrar una buena explicación del significante, habrá que acudir a la anomalía, a la aclaración de los cambios internos de la palabra no explicables analógicamente”.
En México, dijo Lara, “las etimologías populares más conocidas son las de gringo, mariachi y abusado”. En cuanto a la primera, “se ha venido sosteniendo que, durante la invasión estadounidense a México en 1847, los soldados de su ejército en Chapultepec animaban a sus caballos a comer hierba diciéndoles green, go” como supuesto origen del gentilicio popular gringo, que hoy se usa para referirse a los estadounidenses.
Sin embargo, “uno de los mejores etimólogos de la lengua española, Joan Coromines, demuestra que la palabra gringo ya se usaba en el sur de España en el siglo XVIII para designar a cualquier extranjero, y que esta palabra era una modificación del griego, que quería decir lengua desconocida”. “Hablarle a uno en griego era lo que hoy decimos ‘hablarle a uno en chino’. Por eso, en Argentina gringo sigue significando extranjero. Entonces, la etimología popular nos dice que gringo viene de ‘green, go’, pero eso eso es falso. Su etimología científica es ‘extranjero’, a partir de una modificación de griego”. Otro ejemplo es el de mariachi, término para el cual “se ha insistido que su origen proviene de la palabra francesa mariar, que significa casamiento, “debido a la presencia de franceses en Jalisco y Colima”.
Sin embargo, “los datos demuestran que la palabra se usaba en el occidente de México al menos desde 1852, antes de la intervención francesa, y nombraba la tarima en que se bailan los sones o el fandango, y después también a sus músicos, por lo que aún no se puede identificar con precisión la etimología del término, aunque lo más probable es que provenga de una de las lenguas ya desaparecidas de la familia yutonahua en Jalisco, como el coca o el huachichil”, explicó.
Otro caso popularizado en México es el del poblado Mahahual, en Quintana Roo, al que se le atribuyen supuestas raíces mayas. “Este puerto, que recibe periódicamente grandes cruceros, era hasta hace unos 30 años un pequeño puerto de pescadores. En esa región del sureste de la península de Yucatán hubo asentamientos de pueblos antillanos, de los cuales quedan, por ejemplo, los garífunas de Belice”. “A lo largo de esa costa, como en otras regiones tropicales mexicanas, en Cuba y el Caribe colombiano, crecen grandes arbustos y árboles que dan flores de varios colores, llamados majaguas; cuando son abundantes se forman majaguales, como hay ocotales, donde crecen los ocotes; achotales, donde crece el achiote, y aguacatales, donde crecen los aguacates”. “De ahí el nombre de Majagual, que no tiene una raíz maya y debe recuperar su escritura tal como se pronuncia”, afirmó el lingüista.