Deportes

Se ha ido una de las grandes figuras del deporte mexicano

Don Olegario Vázquez Raña; “Donde termina el disparo, comienza el legado”

HOMBRE OLÍMPICO. Su nombre no se borra, porque no fue una firma: fue una trayectoria. Foto. Cortesía Archivo Excelsior.

Hay quienes disparan para acertar. Y hay quienes disparan para abrir caminos. Don Olegario Vázquez Raña no solo fue un tirador certero: fue un arquitecto del deporte. No solo apuntó al blanco. Apuntó al futuro. Y dio en él.

EL BLANCO MÁS DIFÍCIL

Durante años sostuvo el rifle como se sostiene una idea: con temblor, con fe, con precisión. Supo que la línea recta es frágil, que cualquier pensamiento puede desviar la trayectoria, que el blanco más difícil no es el visible, sino el que está más allá del tiro.

Representó a su país con orgullo, pero más allá del atleta, fue el dirigente. El que supo que los Juegos no se ganan solo en la pista, sino en los pasillos, en los acuerdos, en la visión. Fue uno de los grandes nombres del olimpismo mundial, respetado en cada continente, querido más allá de las banderas.

Hizo del deporte una patria sin fronteras. Y de México, una presencia olímpica firme, digna, escuchada.

TRANSFORMAR SIN QUE SE NOTE

Después dejó el rifle y tomó otras herramientas. No para dejar de competir, sino para transformar. Allí donde otros veían reglamentos, él vio caminos. Allí donde muchos hablaban de medallas, él pensaba en personas.

No gritó. No impuso. Transformó con paciencia, como quien talla una piedra hasta que cabe una flor.

El deporte le enseñó la precisión, y con ella gobernó. No para sí mismo, sino para miles. Fue mentor sin pupitres, entrenador sin silbato. Hizo que otros brillaran, sin pedir aplauso.

Su legado no cabe en una medalla, porque vive en los atletas que nunca conoció, pero que caminaron sobre sus huellas.

El disparo ya no suena. Pero el eco sigue. Porque hay trayectorias que no terminan en el blanco, sino que lo atraviesan. Que dejan marcas invisibles en quienes nunca las vieron, pero las sintieron.

Hoy el deporte mexicano se inclina, no sólo por respeto, sino por gratitud. Se despide no de un hombre, sino de una época.

Porque quien dedicó su vida al movimiento, nunca se va del todo. Solo se convierte en impulso. En dirección. En ejemplo.

Adiós, Don Olegario. Gracias por apuntar tan lejos… y por dar en el corazón de todos.

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SE VA UN GRANDE. Adiós, Don Olegario. Gracias por apuntar tan lejos… y por dar en el corazón de todos.