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“El 21 de septiembre de 1945 fue el día en el que morí”. Con ese doloroso y tajante diálogo es que Seita nos recibe para narrar su historia en La tumba de las luciérnagas, animación creada por Studio Ghibli dirigida por Isao Takahata, cofundador del estudio al lado de Hayao Miyazaki.
Tomando como base el doloroso cuento semi autobiográfico de Akiyuki Nosaka, que impregnó al relato de su propia experiencia durante y después de la Segunda Guerra Mundial en Japón, el artista creó una de las obras más crueles y realistas sobre esos estragos.
Reestrenada recientemente en cines, La tumba de las luciérnagas se enfoca en Seita y Setsuko, dos hermanos que viven con su madre mientras que su padre, miembro de la marina nipona, está en la guerra.
Pero lo desgarrador del relato no es eso, sino la capacidad de Takahata de mostrar esta tragedia desde el punto de vista de los espíritus de ambos que, como luciérnagas, brillan en la eternidad y rememoran el pasado que los llevó a su triste destino.
UN MOMENTO DE LA HISTORIA LLEVADO AL CINE
Para hablar de ella, hay que recordar la importancia e impacto de este suceso en la historia del mundo.
El lanzamiento de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, hecho que sería casi el punto culminante para la rendición de la nación del sol naciente, provocó severas cicatrices en el pueblo que acabó sufriendo las consecuencias del orgullo que ha caracterizado a su sociedad. Sin embargo, no fue tan sencillo abrazar la pérdida de todo y el contraste que estos eventos provocaron.
Cineastas como Ozu o Kurosawa ahondaron en el aspecto más social de la posguerra, mostrando que el dolor seguía ahí para las generaciones sobrevivientes. Con cintas como Tokyo Story (1953) o Ikiru – Vivir (1952), las duras consecuencias y el factor humano de una nación dolida salían a la luz.
Aunque en otros casos, como el de Honda con su Rey de los Monstruos, Gojira (1954), la representación del horrendo caos de la radiación convertida en devastación física, funcionaba de maravilla para que el cine japonés ofreciera una reflexión al interior de sus demonios.
Aunque La tumba de las luciérnagas llegaría hasta finales de los 80, la mirada de Takahata bien podría pertenecer a este catálogo de cintas.
ANIMÉ REALISTA QUE CONMOVIÓ AL MUNDO
Además, dentro del marco de lo fantástico que planteaban las películas de Ghibli, este proyecto resaltó por un realismo inolvidable. Ver el camino de Seita y Setsuko nos ofrece un melodrama donde el color juega un papel fundamental.
Primero, Takahata nos muestra lugares sombríos, sin luz, que acompañan al moribundo Seita. De ahí, son las luciérnagas y su aparición como espíritu la que brilla, cual luz espectral, mirando su destino y el reencuentro con su querida hermana, a quien no pudo salvar de morir de desnutrición.
Y así, el viaje comienza con la devastación de su pueblo, retratado siempre con un color amarillo ocre que implica la quemazón y destrucción de todo lo que ellos conocían.
Ante ello, tomando como base el sentimiento de Nosaka, La tumba de las luciérnagas nos va mostrando un gran espectro de humanidad detrás de todo, encontrando la belleza escondida en la oscuridad de brutales imágenes.
Es en pequeños fragmentos donde el esfuerzo de Seita para que su pequeña hermana Setsuko no pierda su inocente mirada de la vida que lo más doloroso impacta de lleno en el espectador.
El camino no es nada fácil para ambos, que tratan de mantener una actitud de esperanza ante la indiferencia de los adultos, como latía a quien recurren por ayuda, que prácticamente los trata a patadas.
La desesperación, la hambruna, el miedo a los bombardeos, todo rodea la cruda realidad de un Japón que, sin saberlo, está a punto de sucumbir. Pero incluso a pesar de ello, Takahata tiene el suficiente calor para encontrar instantes de belleza pura de dos infancias perdidas por situaciones incomprensibles para ellos.
¿POR QUÉ LAS LUCIÉRNAGAS MUEREN TAN RÁPIDO?
“¿Por qué las luciérnagas mueren tan rápido?”, pregunta en un momento Setsuko, lanzando una dura metáfora sobre el futuro y presente de una nación abrasada en la que cada alma perdida en la batalla, por inocente que sea, brilla sin saberlo por última vez una noche.
Las luciérnagas son una hermosa metáfora de esta juventud, de los hermanos dispuestos a enfrentar la hambruna y desnutrición con tal de volver a sus vidas habituales, de sentir nuevamente el abrazo de una madre o el espaldarazo de un padre que, posiblemente, se hayan convertido en cenizas del pasado.
El hecho de narrarla a través de la mirada del fallecido Seita acentúa el sentimiento de La tumba de las luciérnagas, donde la memoria de un pueblo entero sobrevive y se levanta a pesar de los fantasmas del pasado. A pesar del durísimo momento climático que nos muestra la desesperanza total de la posguerra, existe una metáfora bella ante la imagen final que nos pone Takahata.
Porque, a pesar de que miles de inocentes pagaron el precio de una guerra iniciada por el orgullo de unos cuantos, Seita y sus pesares nos enseñan, junto a la luz de sus compañeras las luciérnagas, que aún posterior a las cenizas, la vida continúa con fuerza.
Y aunque las luciérnagas mueran rápido, el sol naciente renació de sus propias cenizas, jamás olvidando el fulgor humano de sus fantasmas que siguen alumbrando su historia presente, debajo de cada edificio, de cada casa, de cada familia, de cada hermano y de todos aquellos que se perdieron en ese cruento momento histórico que aún resuena.