Opinión


General, poeta, dramaturgo y aventurero: las glorias de Vicente Riva Palacio

General, poeta, dramaturgo y aventurero: las glorias de Vicente Riva Palacio | La Crónica de Hoy

Vicente Florencio Carlos Riva Palacio nació en el otoño –octubre, para más señas- de 1832, con buena estrella y mucho ingenio. Tuvo la fortuna de crecer en una familia acomodada que le dio estudios de abogacía en el Colegio de San Gregorio. Su padre, el también abogado Mariano Riva Palacio era un conocido liberal que con el tiempo llegaría a ser gobernador del Estado de México, un territorio que, en la primera mitad del siglo XIX, era aún más grande que hoy. Pero, por esos azares que tiene la vida, Vicente no se convirtió en un formal y respetable jurista, como hubiera sido natural, dados sus antecedentes: eligió una vida que tuvo mucho de aventurera, donde las letras y la carrera militar se amalgamaron con el periodismo y la política, espolvoreado todo de un sentido del humor ácido y ágil, haciendo una combinación excepcional por la cual lo seguimos recordando.

Además, tenía un pequeño detalle: era nieto, por parte materna, nada menos que del insurgente y presidente de México, Vicente Guerrero. Tal condición, fortuita, evidentemente, le valió que, en algunos momentos de su vida se encontrara en comunidades que por ese solo hecho lo adoraran, e incluso, le compusieran versos entusiastas:

¡Aquí está Riva Palacio,

No lo había yo conocido!

¡Bien haya lo bien parido!

¡Viva el nieto del Estado!

Criado en un hogar liberal, al joven Vicente jamás le pasó por la cabeza militar en un bando político que no fuera ese. Titulado como abogado en 1854 –su título lo firmó el presidente Antonio López de Santa Anna-, su carrera política empezó un año más tarde, cuando triunfó la revolución liberal de Ayutla. Ocupó alguna representación municipal, pero pudo asomarse a la política de altos vuelos cuando le cupo en suerte ser diputado suplente en el Congreso Constituyente de 1856-1857. Como tantos otros jóvenes, presenció desde tribunas algunos de los debates que dieron origen a los cimientos del moderno Estado mexicano. En 1857, era ya secretario del Ayuntamiento del Distrito Federal.

Pero sobrevino la guerra de Reforma. Dada la posición de Riva Palacio, era natural que fuese perseguido por el gobierno conservador, posesionado de la ciudad de México. Tanto Félix Zuloaga como Miguel Miramón, lo buscaron por todas partes hasta que en 1859 lograron encarcelarlo. La derrota conservadora de 1860 le devolvió la libertad y regresó a la política: fue electo diputado para el bienio 1861-1862, una legislatura que le dio muchísima lata al presidente Benito Juárez, al que tal vez no le habría ido del todo bien si no hubiese comenzado la guerra de Intervención,

En esos años difíciles, cuando el erario mexicano no tenía ni un clavo partido por la mitad en caja, y Guillermo Prieto, el sufridísimo ministro de Hacienda arrojaba la toalla, histérico por la falta de dinero, el fracaso monetario de la nacionalización y los archivos quemados por los conservadores, corrió un rumor: Juárez le ofrecía al joven Riva Palacio la posición que abandonaba el noble Romancero. Si eso fue cierto, Vicente no mordió el anzuelo, que era un quemadero automático, pues no había manera de salir con bien de aquel atolladero, como se demostró cuando el gobierno mexicano tuvo que suspender sus pagos de deuda externa, propiciando la invasión.

En cambio, el joven Vicente abrazó la carrera de las letras con gran éxito: se volvió una de las plumas más afiladas de uno de los periódicos satíricos más eficaces de la época: La Orquesta, Periódico omniscio, de buen humor y caricaturas, fundado por Carlos R. Casarín e ilustrado por un tremendo dibujante de caricaturas políticas, Constantino Escalante. Allí se dio vuelo Riva Palacio. No versificaba como Prieto –que estaba haciendo el periódico La Chinaca-, y ni falta que le hacía: era bueno para la prosa satírica, para hacer retratos demoledores y para hallar el lado flaco de las decisiones de los políticos.

Esa misma cualidad brilló cuando, al mismo tiempo que escribía en La Orquesta, y, al alimón con su amiguísimo Juan Antonio Mateos, empezó a escribir obras teatrales que se volvieron muy populares. Algunas piezas, como Borrascas de un sobretodo, eran comedias ingeniosas y agradables. Pero en la medida en que la vida política se hizo más difícil, el teatro que escribían aquellos dos se involucró en la vida pública. Se pelearon con Francisco Zarco, a quien no le gustó la pieza La ley del ciento por uno, pero se ganaron muchos aplausos con su obra histórica El Abrazo de Acatempan, y cuando sobrevino la invasión francesa, fue muy, pero muy aplaudida su pieza El Tirano Doméstico, donde se sumaban a las burlas que todo el periodismo liberal hacía de Juan Nepomuceno Almonte, promotor de la invasión y eterno aspirante a la presidencia de la República. Entre las muy malévolas canciones de Guillermo Prieto, y los versos de El Tirano. Almonte no ganaba para berrinches:

Pamuceno cuatro orejas,

Tocando la chinfonía,

Pensaba en la monarquía

Con aplauso de las viejas.

Era tan grande su empeño

Que se encontró en un piñón

En su trono a Napoleón [III]

Para testa coronada;

Hizo a Luisito un envite

Mas como le habló en otomite

El otro no entendió nada.

Desde luego no lo sabían ni Mateos ni Riva Palacio, pero con sus obras político-satíricas iniciaban una tradición que remontó el siglo XIX y que tuvo numerosos hijos intelectuales, a cual más atrevido: el sketch de sátira política, que cruzó por carpas y teatros, llegó a la televisión y ahora tiene a sus tataranietos haciendo de las suyas en las redes sociales.

ESPADA, ALTERNADA CON PLUMA

La guerra de intervención hizo que cada uno de estos hombres, políticos y periodistas, escogieran caminos insólitos. Dos se integraron al ejército: Ignacio Manuel Altamirano era uno, Riva Palacio el otro.

En 1862, y pagándola de su bolsillo, Riva Palacio armó una guerrilla que peleó, a las órdenes de Ignacio Zaragoza, en la acción de Barranca Seca, a principios de mayo. También por órdenes de Zaragoza, operó en la ruta que va de Veracruz a Puebla, hostilizando al invasor, y después fue enviado a Tehuacán. Luego aquella pequeña fuerza sirvió a las órdenes de Jesús González Ortega y con él resistió el sitio de Puebla de 1863.

Al caer Puebla, Riva Palacio se trasladó a San Luis Potosí, donde se encontraba el gobierno juarista. El presidente le propuso dirigir el Diario Oficial, pero él prefirió seguir en el ejército. Lo nombraron gobernador y comandante militar del primer distrito del Estado de México, cuya capital era Toluca y que… estaba en poder de las fuerzas invasoras. Sin hombres y sin dinero, se trasladó a Morelia a fines de 1863, y poco a poco recompondría su fuerza. Tuvo victorias importantes, e incluso, en algún momento, fue designado gobernador de Michoacán.  En 1866, sus instrucciones eran quedarse en aquel estado, casi casi “por lo que se ofreciera”. Por lo tanto, se aburría. Para entretenerse, inventó otro periódico satírico, El Pito Real, que tenía por lema “cuando flautas, pitos, cuando pitos, flautas”. Allí fue donde publicó la obra que, por breve, alegre, republicana y popular, lo mantiene en la memoria colectiva: la canción Adiós, Mamá Carlota, que aludía a la salida de México de la esposa de Maximiliano de Habsburgo, en busca de ayuda en Europa:

Alegre el marinero

Con voz pausada canta,

Y el ancla ya levanta

Con extraño rumor.

La nave va en los mares,

Botando cual pelota:

Adiós, Mamá Carlota,

Adiós, mi tierno amor.

La Mamá Carlota, que es en realidad una parodia del poema patriótico “Adiós, oh, patria mía”, de Ignacio Rodríguez Galván, ha bastado para que en los años que siguieron se siga hablando del general Riva Palacio. Pero al terminar la guerra, siguió en la política: formaba parte de la generación de Porfirio Díaz, y le disputaron el poder a Juárez, aunque tardarían en llegar. En 1876, cuando Díaz e hizo con la presidencia de la República, Riva Palacio fue su ministro de Fomento, y a él se deben las estatuas de Cuauhtémoc y de Cristóbal Colón de Paseo de la Reforma.

Pero la amistad con Porfirio Díaz no podía ser eterna: rodeado de un aura de leyenda, Riva Palacio era muy popular. Al protestar contra la introducción de la moneda de níquel en 1883, se ganó una temporada en la cárcel de Santiago Tlatelolco. Allí escribió buena parte de su gran trabajo histórico, que todavía se sigue leyendo: el tomo 2 de México a través de los Siglos, que historiadores y no historiadores siguen leyendo.

Pero ahí no se queda la herencia del Nieto del Estado: desde 1868, y gracias a un peculiar “préstamo”, tuvo por varios años los expedientes de los procesos inquisitoriales y los convirtió en cuentos y novelas históricas que fueron muy leídas y que aún se imprimen, como Memorias de un Impostor, sobre Guillén de Lampart; Martín Garatuza o Monja, casada, virgen y mártir, y, desde luego, El Libro Rojo, escrito en colaboración con Manuel Payno. Nunca dejó de ser El General, y donde se paraba, dejaba la sensación de que se había conversado con un personaje de una novela de aventuras.

historiaenvivomx@gmail.com

Comentarios:

Notas Relacionadas:

Destacado:

COLUMNAS ANTERIORES


LO MÁS LEÍDO