Opinión

México y su influencia cultural en Estados Unidos

Libro "The enormous vogue of things mexican"
Libro "The enormous vogue of things mexican" Crédito: Especial

En 1994, el año en que entró en vigor el TLC, la Universidad de Alaba en Estados Unidos publicó un libro magnífico: The Enormous Vogue of Mexican Mexican, Cultural Relations Between The United States and Mexico, 1920-1935 (La gran moda de las cosas mexicanas, relaciones culturales México-Estados Unidos), de la historiadora Helen Delpar.

El libro aborda sin fanatismos uno de los temas más delicados, complejos, y de mayor potencial para la integración norteamericana: la cultura. Tras un siglo de relaciones accidentadas y violentas que estimularon la antipatía y la intolerancia mutuas, sólo a partir la tercera década del siglo XX ambos países se dieron a la tarea de establecer los primeros puentes culturales de convivencia y mutua interrogación.

En México la cultura anglosajona y protestante de Norteamérica sólo podía despertar admiración por sus avances económicos y su democracia política, pero no por su producción cultural a la que se le consideraba fría, materialista, vulgar y, sobre todo, carente de contenido histórico; a la prosperidad económica estadounidense, los intelectuales mexicanos oponían el baluarte de una cultura mestiza considerada estética y espiritualmente superior.

Cuando el escritor mexicano Federico Gamboa, a principios del siglo XX, cumplía una misión diplomática en Washington, escribió que no le sorprendía “que este pueblo comercial de Estados Unidos, no haya erigido un monumento al gran poeta Walt Whitman”. Pesaba sobre todo la ignorancia en esta clase de prejuicios de desprecio por el arte y la cultura estadounidense. Si revisamos la vasta producción de revistas culturales mexicanas durante la segunda mitad del siglo XX, encontraremos que las menciones a trabajos estadounidenses son escasas y en muchos casos recelosas.

Dentro de Estados Unidos también se debatían dos fuerzas contrarias. La de mayor tradición y hegemonía hasta los primeros años del siglo XX, prevalecía como una visión racista, etnocentrista y antipática hacia la cultura mexicana, adversa hacia los elementos católicos de la tradición nacional y especialmente crítica del sistema político del porfiriato, al que veían como una condena fatal propia de un país incivilizado. Uno de los viajeros estadounidenses en nuestro país, Charles Flandrau, en 1908 publicó su libro titulado Viva México, en el que afirmaba que: “cualquiera con el más rudimentario conocimiento sobre México, sabe que una elección popular democrática en aquel país es y será imposible”.

Durante los años turbulentos de la Revolución Mexicana, un cambio de actitud de Estados Unidos hacia la cultura mexicana era difícil de concebir. Cuando el poeta consentido de los mexicanos, Amado Nervo, visitó Estados Unidos en 1918 para ofrecer varios recitales de poesía, prácticamente pasó inadvertido para los diarios y revistas literarias de aquel país. Asimismo, el recital de música que ofreció Manuel M. Ponce en el Aeolian Hall de Nueva York en 1916, produjo la reacción feroz de un crítico musical, quien declaró para el New York Times que “ni como pianista ni como compositor Mr. Ponce merece mayor consideración”.

Tales sentimientos fueron también estimulados por el naciente Hollywood, muchas de cuyas primeras películas se empeñaban en mostrar a los mexicanos como villanos, ladrones de ganado, flojos y ladino. No obstante, simultáneamente se gestaba una nueva actitud de los estadounidenses hacia la cultura mexicana, misma que rendirá sus mayores frutos a partir de la tercera década del siglo,

En 1929, el Madison Square Garden de Nueva York abrió sus puertas a una exposición sobre la cultura mexicana, anunciada como “el más elaborado y esplendoroso evento social de la temporada”. Titulada “Oro Azteca”, incluía una colección de piezas prehispánicas y arte colonial, así como la presencia de los artistas mexicanos José Clemente Orozco y Miguel Covarrubias. La organización del evento se debió fundamentalmente a la iniciativa Alma Reed y fue el resultado natural de un largo proceso en el que Estados Unidos aceptó interesarse por la vida cultural al sur de sus fronteras, reconsiderando su tradicional actitud de rechazo y desprecio.

La “moda hacia las cosas mexicanas”, como lo llama la investigadora, se empezó a manifestar desde distintos ángulos y escenarios: uno de ellos lo constituye la dedicación profunda al estudio del arte mexicano de muchos residentes estadounidenses en nuestro país. Tal es el caso del célebre mayista Sylvanus G. Morley; y de Zelia Nuttall, antigua dueña de la aún existente Casa de Alvarado en la ciudad de México, quien hizo de su casa un pequeño museo prehispánico, con tan buen éxito que el escritor inglés D.H. Lawrence, en su novela, La serpiente emplumada, le concede los mejores comentarios.

El nuevo interés cultural de Estados Unidos por México acusaba también claros intereses políticos. La desconfianza que la Constitución de 1917 generó en la Casa Blanca y las continuas fricciones sostenidas con los gobiernos post carrancistas, promovía la posibilidad de un reacercamiento diplomático por la vía cultural. La presencia del embajador estadounidense en México durante la inauguración de la exposición de Nueva York de 1929, “Oro Azteca”, así lo confirma.

Existe además otro factor que en ambas naciones propició el acercamiento. Luego de la Primera Guerra, algunos intelectuales estadounidenses se dieron a la tarea de exaltar lo que entonces llamaron el nacionalismo americano nativo. Desde la Universidad de California, Herbert E. Bolton acuñó el término de la “Gran América”, para defender la postura de que las naciones del hemisferio Oeste compartían una historia común. Por los mismos años, el famoso compositor Aaron Copland, experimentó con su música al combinarla con elementos rítmicos de los pueblos indios norteamericanos y en 1924 el Metropolitan Museum of Art inauguró su “Ala Americana”; de manera que el deseo por rescatar su pasado antiguo, era al mismo tiempo una aspiración a sumarse al antiguo pasado mexicano.

Para México, la relativa paz que por fin se consiguió en el mandato de Álvaro Obregón, abonó el terreno para el incremento de las relaciones culturales con el exterior. En su libro El perfil del hombre y la cultura en México (1934), Samuel Ramos escribió: “creer que nosotros podemos desarrollar una cultura original sin relacionarnos con el resto del mundo es un absoluto error”. El carácter no xenofóbico de la explosión cultural mexicana de los 20, tiene su mejor ejemplo en la generación de jóvenes escritores que fundaron en 1928 la revista Contemporáneos; e incluso un bolchevique como David Alfaro Siqueiros se fascinaba con la “soberbia ingeniería puesta en práctica en los edificios modernos (de Nueva York)” y anhelaba algo similar para las ciudades mexicanas.

La investigación de Helen Delpar se detiene en 1935. Desde entonces y hasta la fecha las relaciones culturales entre ambos países tomaron caminos muy diversos. En el caso mexicano el anticolonialismo despertado tras la Segunda Guerra Mundial y posteriormente el triunfo de la revolución cubana, sembraron en las conciencias de muchos artistas e intelectuales mexicanos un discurso antiimperialista y antinorteamericano muy difícil de erradicar, aún y después de terminada la guerra fría. El libro ofrece una sugerente inspección de un momento significativo de nuestras relaciones culturales, dejando bien establecida la conclusión de que al aceptarse como interlocutores, ni Estados Unidos ni México cancelaron o pusieron en peligro las fronteras simbólicas de su identidad nacional.

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