
Dos espectros de facciones ausentes, simples luminosidades, resplandores, destellos se diría, movidos por el silencioso viento, circulan sobre la ciudad de México en las oscuras y altas horas de la noche. No tienen edad, no tienen tiempo. Sus voces son inaudibles, pero entre ellas –en el mundo físico fueron mujeres— se hablan.
--Hola Jeanne, le dice una a la otra mientras chisporrotean sobre la desierta plaza de la Constitución, apenas iluminada por un auto despistado. Al fondo las infatigables torres de la vieja catedral. Allá, las montañas.
--Hola, Graciela responde Jeanne con una “egge” graciosa.
Y añade, “para haber sido asesinada y mi cabeza calcinada en un horno, estoy relativamente repuesta en este convalecencia de eternidad, vagabunda sobre el viento, visitante de todos los rincones del mundo, huésped desconocida de todos los rincones imaginables. Soy feliz en esta dimensión sin dolores ni penas ni criminales en serie. ¿Y tú?
---Pues bien, contesta Graciela.
“Un poco aburrida porque esto de una vida sin vida a veces no es vida, pero mucho mejor. Ya casi no siento el horror de aquella tarde cuando tras el engaño del amor, aquel loco me asfixió y luego me sepultó en un jardín sin flores por alla… explica mientras su mano sin mano señala con un dedo sin dedo, el poniente de la ciudad y se detiener sobre el pueblo de Tacuba.
Jeanne fue en vida la señorita Cuchet.
Fue una de las primeras (11) víctimas de Henri Désiré Landru, a quien las crónicas de la vieja Francia llamaron el “Barba azul de Gambais”, en cuya casa (de seguro de entrenamiento; no de exterminio), la policía encontró 4,176 kilos de restos óseos carbonizados, incluidos 1,5 kilos de restos humanos, así como 47 dientes o fragmentos dentales (Wkp). El médico forense declaró a la prensa que esos huesos y piezas bucales correspondían a tres cabezas, cinco pies y seis manos. Los restos de otras víctimas fueron sepultados en un bosque cercano.
Graciela fue Graciela Arias Álvarez, seducida, asesinada y sepultada por un estudiante de química, en una casa de la calle Mar del Norte, como les ocurrió también a otras cuatro señoritas.
En el vagabundeo celestial los ectoplasmas pasaron por Tacuba y también por Vernulliet y Gambais. Su inmaterialidad nunca estuvo sujeta a leyes físicas. Son ubicuas y no se someten ni al tiempo ni al espacio. Están y no están en todas partes.
--¿Mira, qué es eso? Vamos, dice Jeanne.
Presurosas entran a través de la techumbre, a un edificio de cantera gris con pórtico majestuoso, labrado y decorado con magnifica herrería. Farolas, escalinata casi imperial. Muy hermoso. Parece un teatro. Fue un teatro, pero las conveniencias políticas lo adaptaron para instalar allí la Cámara de los Diputados. Eso explica la alharaca.
Jeanne y Graciela flotan sobre el enorme candil. La araña apenas tintinea con su ingrávido soplo. En uno de los palcos, con una dignidad inmerecida, un hombre de cabeza mal afeitada, con gruesos lentes de pasta redonda, se levanta y retribuye los aplausos enloquecidos de la asamblea de los representantes del pueblo. Lo aclaman, lo ponen como ejemplo.
La fantasmal Graciela, si eso fuera posible, se estremece.
--Es él, dice, es él, mientras el hombre, con un severo traje oscuro, sonríe al último. Esperó más de 30 años, pero la sociedad lo encarceló y la política lo dejó libre y puro. Jeanne se sobresalta.
--¿A quién Has visto? ¿Quién te ha puesto así?
--Es él, Jeanne, mi asesino; es Goyo Cárdenas, el hombre que me ahorcó y sepultó. Y se lo hizo también a otras y ahora lo celebran, lo aplauden porque se ha rehabilitado... ¿No los oíste?
--Pues no muy bien, a pesar de la eternidad he perdido un poco el oído y mi español, cherie, no es muy bueno no te vayas a creer.
--Pero Jeanne, cómo es posible celebrar a un asesino. No importa si se ha rehabilitado. No es para olvidar aquello, se haya compuesto o no.
--¿Y yo, cuando me rehabilito yo de la muerte? ¿Cuándo?
“Por su culpa no tuve ni vida, ni futuro; no conocí a mis hijos porque el crimen me impidió tenerlos. No tuve tiempo de ser feliz, no fui nada, porque el criminal me disolvió en el tiempo así como te pasó a ti, y ahora…
Sus lágrimas eran como pequeñas gotas de invisible nieve agregadas al aire sin aire del espacio sin espacio.
Jeanne quiere confortar a Graciela.
--Son cosas de la política, Graciela. Algún día, te lo aseguro, las mujeres tomarán un papel central en este juego y entonces los agresores serán castigados antes de llegar al crimen final. Ya no va a pasar como cuando nosotros estábamos en la tierra y se percataban de la violencia cuando ya éramos cadáveres en trozos, pedazos de carbón dentro de un horno de cocina”.
Como si fuera un abrazo, el pequeño lampo de Jeanne envuelve los brillos de la luz de Graciela. La consuela con advertencias del porvenir, tan inútiles para la una como para la otra. Las dos lo saben.
--“En mis recorridos por el todo y la nada, a veces hasta contigo querida, he visto al nacimiento de un verdadero feminismo, cuando en los cargos públicos habrá --por lo menos-- la mitad de las mujeres, entonces ya no van a pasar estas cosas de celebrar a un criminal, en serie cuyos trofeos de cacería como hacia Landru, mi asesino, eran nuestras ropas, nuestros zapatos o nuestras trenzas cortadas”.
En inmaterial desplazamiento las dos presencias se disuelven y pasan por otro rumbo de la ciudad ajenas al paso del tiempo inexistente para ellas.
Llegan a otro edificio donde hay otra Cámara con otros diputados. En tiempos humanos han pasado más de cuarenta años y ahora un mujerío alza la voz. Las fantasmas se enteran pronto. Se discute si a un probable agresor sexual, quien quiso violar a su hermanastra, se le debe abrir un juicio o no. Ni siquiera juzgarlo, sólo llevarlo al juzgado, despojado –por su condición legislativa--, del fuero protector contra los procesos judiciales.
Hay un desfile de oradores y oradoras. El partido del sospechoso, el primero en la historia en colocar a una mujer en el Poder Ejecutivo, paradójicamente con todo sus recursos arropa al inculpado. Habían dicho: llegamos todas.
Graciela y Jeanne inflaman su luminosidad. Las mujeres se agrupan en torno del señalado. Lo cuidan, lo salvan y le ofrecen su respaldo total sin reserva de pudor.
¡No estás solo! le gritan; ¡no estás solo!
Y él, lloriquea por burla o por emoción.
Jeanne y Graciela oscurecen su resplandor.
Como la esperanza, también ellas han desaparecido.
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