
El proyecto para construir una Utopía en el Parque Japón, ubicado en la alcaldía Álvaro Obregón, ha sacado a flote actitudes de racismo y clasismo profundamente arraigadas en ciertos sectores de la sociedad capitalina. La iniciativa, impulsada por el gobierno de la Ciudad de México, busca dotar a la zona de un espacio con vocación social y comunitaria, pero ha sido recibida con rechazo por parte de algunos vecinos, quienes -me dicen- están ligados a sectores conservadores, particularmente del panismo.
Lo más preocupante no es la discrepancia política o técnica sobre la obra. Es legítimo que cualquier proyecto público genere debate. Lo inadmisible es que detrás de parte de la oposición se esconda una narrativa discriminatoria que denigra a las personas de colonias populares, quienes serían los principales beneficiarios de esta Utopía.
Pese a que la obra no contempla la tala de ninguno de los 443 árboles del parque -pues aprovechará construcciones y estacionamientos ya existentes-, algunos vecinos han levantado la voz con argumentos cargados de prejuicio, más preocupados por la llegada de “otros” que por el impacto ambiental o urbano. ¿La verdadera molestia? Que el parque ya no será exclusivo. Que dejará de ser un espacio “solo para ciertos vecinos” y abrirá sus puertas a quienes históricamente han sido marginados del acceso a infraestructura digna.
La Utopía contempla áreas de atención médica, una bolsa de empleo, servicios sociales y alimentarios, una alberca semiolímpica y un auditorio con capacidad para 400 personas con programación cultural permanente. ¿Cómo puede ser esto un problema, salvo que lo sea para quienes creen que el bienestar debe ser un privilegio y no un derecho?
Este episodio es un espejo incómodo. Revela cómo incluso en una ciudad que se presume progresista, muchos aún ven con recelo que el acceso a servicios de calidad deje de ser exclusivo. Se trata de una resistencia al derecho a la ciudad, disfrazada de preocupación ciudadana.
Es momento de lanzar un llamado urgente a las buenas conciencias. Que se pregunten por qué les incomoda tanto la inclusión. Que se revisen y, si es posible, transiten hacia la empatía. Porque construir una ciudad más justa no se trata solo de levantar infraestructura, sino de derribar prejuicios. Y en eso, aún tenemos mucho trabajo por hacer.
Por cierto:
1. ACCIONES. La Alcaldía Venustiano Carranza vuelve a dar de qué hablar con la creación de la Red Violeta Infantil, una estrategia pionera que ya está operando en escuelas primarias. La alcaldesa Evelyn Parra, conocida por su enfoque frontal contra la violencia de género, impulsa esta red a través de Casa Violeta, el refugio que ha trascendido fronteras y ya atiende casos hasta de Honduras. Además, brigadas recorren colonias, dan talleres en CENDIS y escuelas, y hasta capacitan a la Policía Violeta. Todo con un objetivo claro: blindar a mujeres, niños y niñas desde casa, la escuela y la calle.
2. OJO. Aunque pasó casi desapercibido, la Secretaría de Trabajo de la CDMX presentó un modelo crucial para prevenir la discriminación de género y la violencia en el ámbito laboral. La titular, Inés González Nicolás, explicó que busca guiar a las empresas en la atención y erradicación del acoso y hostigamiento, con base en estándares de derechos humanos. El modelo propone comités especializados en cada centro de trabajo y un sistema de seguimiento efectivo. Un paso firme -aunque silencioso- hacia centros laborales más justos, donde la igualdad deje de ser discurso y se convierta en práctica cotidiana.
Vivo la noticia, para contarle la historia
@juanmapregunta