
El meme más viral que he visto sobre las elecciones del Poder Judicial lo dice todo: “Ya se tienen los resultados, solo hacen falta las elecciones”. Es una bofetada de cinismo, un resumen perfecto de la farsa a la que nos convocan para legitimar otro embuste del sistema político mexicano. Nos piden que juguemos a la democracia mientras los dados están cargados, los árbitros comprados y el ganador ya festeja en un escritorio oscuro. Esto no es una elección; es un teatro mal montado para blindar la impunidad, proteger a los poderosos ligados al crimen organizado y, de paso, engordar el control del poder sobre nuestras vidas.
Los pronósticos no mienten: la participación será un eco en el desierto. Las campañas no prenden ni prenderán, porque no hay fuego que avivar en un circo sin alma. Esperé, con una mezcla de escepticismo y esperanza, a ver los primeros esfuerzos de los candidatos. ¿El resultado? Una galería de personajes ideologizados, marionetas bailando al son del poder o predicadores de dogmas “woke”, progresistas o socialistas que suenan a sermones reciclados. Ninguno ofrece una chispa de autenticidad; todos apestan a oportunismo. ¿Dónde está la justicia en esa baraja marcada?
Ante este panorama, mi mente vuela al “Ensayo sobre la lucidez” de José Saramago. En su historia, una sociedad harta de engaños despierta y, en un acto de rebeldía lúcida, anula masivamente sus votos. El sistema colapsa, no por violencia, sino por el peso de un silencio ensordecedor: el rechazo colectivo a la mentira. Saramago nos regaló una idea radical: el voto nulo no es apatía, sino un grito, una herramienta para desmantelar la farsa cuando ninguna opción merece el poder. Es la lucidez de quitarse el velo, de hartarse de la pantomima y decir “basta” con un trazo firme sobre la boleta.
Hoy, en México, estamos en esa encrucijada. Anular la boleta no es rendirse; es resistir. Es un acto de anarquía política en tiempos donde el conformismo nos ahoga, donde nos venden espejitos mientras el crimen y la corrupción se sientan a la mesa del poder. No se trata de cruzarse de brazos, sino de alzar la voz con una decisión consciente: ninguno de estos títeres merece gobernar la justicia. La mentira, en sí misma, no merece nuestro aval.
Por eso, desde este espacio, convoco a que seamos legión los que nos atrevamos a romper el guion. Que el 2025 sea el año en el que el pueblo despierte y, con un simple “nulo”, sacuda los cimientos de este castillo de naipes. No es sólo un voto perdido, es un mensaje atronador: no nos representan, no nos engañan más. Que tiemblen los que se creen intocables, porque la lucidez de un pueblo unido es más fuerte que sus pactos y sus trampas. Anulemos la boleta, no por desdén, sino por dignidad. Que el sistema sienta el vacío que merece y que, en ese silencio, germine la semilla de algo nuevo. ¡Despierten, carajo, el poder no se salva solo, pero nosotros sí podemos salvarnos de él!