Opinión

No es momento para echar las campanas al vuelo, ni regateos.

Donald Trump

Donald Trump declaró al 2 de abril, fecha en que anunció su política de aranceles recíprocos, como el día de la liberación de los Estados Unidos con referencia a la derrota de los Nazis en Europa por los ejércitos aliados, con el eslogan “Make America Wealthy Again” y con el propósito de que los excluidos del desarrollo económico de los Estados Unidos de las últimas tres décadas, representados por los trabajadores industriales (especialmente la automotriz), recuperen la sensación de ser parte del gran sueño americano.

La liberación de Europa tiene dos momentos. El día D, la invasión a Normandía, que fue el inicio del fin de la ocupación Nazi en Europa Occidental y el 8 de mayo de 1945, cuando Berlín se rindió incondicionalmente ante los aliados, que es conocido como el día de la Victoria de Europa. Todavía persiste el debate sobre la fecha de celebración y cual debiera ser el hecho memorable.

El 2 de abril sólo inicio formalmente la guerra arancelaria para diseñar una nueva estructura comercial internacional, con la propuesta trumpiana, que tendrá una reacción entre sus aliados, socios, competidores y opositores a su hegemonía. La mexicana fue un respiro colectivo ante las presiones de los dos últimos meses y una celebración gubernamental mesurada en la mañanera.

El tono de las palabras de la presidenta Sheinbaum mostró que no es momento para echar las campanas al vuelo ante las políticas arancelarias de nuestro principal socio comercial. Si bien es cierto no incluyó a México en la reciprocidad de tarifas, las negociaciones en el sector automotriz y siderúrgico continúan con malas expectativas para nuestra industria, pero sin afectaciones mayores a la economía en su conjunto y, sobre todo, las bases mínimas del TMEC prevalece, aunque hay que reconocer que el proceso de renegociación todavía es brumoso, pero con las líneas de acción de Estados Unidos identificables en lo estratégico.

El gobierno mexicano hizo su trabajo y aprovechó las circunstancias favorables estructurales para lograr un escenario aceptable, si se compara con el trato al resto del mundo, con quienes rompió lanzas. Sin dejar al lado el discurso de Trump que descalifica a sus socios regionales, Canadá y México, ni recurrir a la conseja popular “mal de muchos, remedio de tontos”, hay que reconocer el éxito relativo y parcial del proceso de negociación. No hay lugar para regateos.

El declarado “día de la liberación” es el comienzo, no el final de un conflicto comercial. Cualquier éxito en estos momentos está “en los lomos de un venado” y es incierto y fugaz. Nada está escrito salvo que el TMEC es la ruta estratégica para la región de Norteamérica y su permanencia como un acuerdo trilateral exigirá mucho talento político y diplomático de los socios no hegemónicos y su capacidad real de acercar sus visiones de futuro.

Después del 2 de abril, el gobierno mexicano tiene, en lo inmediato, dos líneas de acción: inducir a que las exportaciones mexicanas se hagan conforme a las reglas del TMEC para evitar el pago del 25% de arancel (actualmente el 50% del monto exportado a E.U.A. se realiza fuera de su cobertura) para llegar al 92% y adecuarse o reaccionar a los aranceles en los sectores del acero, aluminio, automotores y autopartes. Esta segunda línea de acción puede ser con aranceles selectivos a productos estadounidenses (táctica utilizada en el gobierno de Peña Nieto) y/o mejora de los procesos de exportación e importación para minimizar el porcentaje de los aranceles. Lo importante es mantener los empleos y que haya más inversión productiva.

En todo caso, se debe partir de la premisa que hoy los negociadores no tienen nada cierto ante un escenario de conflicto comercial de la región de Norteamérica con otras del mundo y ante el hecho incuestionable que el crecimiento económico de Canadá y México. en el nuevo orden de intercambio de bienes y servicios está vinculado con Estados Unidos. Además, se deben identificar los sectores de mayor competitividad para ganar espacios en el mercado del norte ante el encarecimiento de los productos chinos, europeos, indios, vietnamitas, entre otros.

Los grandes retos, tanto para evitar los aranceles como para la renegociación del TMEC, es la aplicación de las reglas de origen y la mayor integración norteamericana de los productos que se comercialicen en la región. Lo inaceptable para el gobierno de Trump es que Canadá y México se conviertan en un trampolín para eludir los aranceles recíprocos y lo inaceptable para el primer ministro Carney y la presidenta Sheinbaum es que los flujos de riqueza y ganancia se concentren en Estados Unidos y que la integración sea desigual y empobrecedora. Falta mucho camino por andar hacia un nuevo orden de comercio internacional.

Profesor de la Universidad de las Américas Puebla

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